jueves, 20 de octubre de 2011

El eterno deambular en medio de la diáspora. Los planetas, Sergio Chejfec


Alfaguara, 2010
            Asomó en mis manos una frase de este libro y anduve largo tiempo en su busca, sin éxito. Como me ocurre frecuentemente, basta que deje de perseguirlo para que una editorial decida proveerme del fruto de tantos desvelos. Esta edición viene a cubrir su falta de los escaparates, después de haber aparecido en 1999.
            Lo que me decidió a leerlo fue una imperiosa curiosidad por saber cómo se ha abordado el tema de los desaparecidos desde la literatura local, sin partidismos ni abanderamientos. Así, este título ofrece una visión enriquecedora, superadora de las apologías y vituperaciones propias del encarnizado enfrentamiento setentista que anegó de sangre el país –y la mayor parte del continente- y que, en gran medida, aun sigue siendo motivo de encendidos debates.
            Los protagonistas de la historia son dos, el relator y M –ambos pertenecientes a la grey judía-, amigos de la infancia con juventudes compartidas, en la que M, aparentemente sin motivo alguno, es secuestrado y desaparecido durante la última dictadura militar. Ambientado en Buenos Aires y sus alrededores, el relator –una suerte de alter ego de Chejfec- va evocando al amigo ausente a través de anécdotas escolares y familiares, cuyas imágenes recuerdan la prosa de Calvino en “Las ciudades invisibles” o las minuciosas descripciones de Saer en “Glosa”.
            ¿Cómo hacemos para sobrellevar nuestra vida presente y futura con la ausencia de alguien cercano a nosotros, que el sinsentido nos ha quitado? Para el autor –como para tantos en iguales condiciones- la única respuesta es la evocación. Esa “maldita manía” de recordarlo a cada instante, en el momento menos pensado y en los lugares más inverosímiles.
            Los pormenores del despropósito, así como las historias narradas por el ausente en un tiempo anterior, sus sueños –y los de su familia-, el derrotero de su pensamiento y los debates acerca de todo aquello que constituye nuestros miedos, anhelos, realizaciones, etc., son parte de esta sentida trama de un amigo –muy amigo-, al que no le queda más que sostener –mantener vivo, pues de eso se trata- a M a través del recuerdo.
            Ingenioso también resulta el título. Así como cada planeta del sistema solar –y, por extensión, el universo- sigue su propia trayectoria en una órbita que, por otra parte, no es cualquiera, sino la única posible debido a la interacción gravitatoria que el resto de cuerpos masivos cercanos ejercen sobre él, de la misma manera es la naturaleza de la relación que mantienen ambos personajes, cada cual en su deambular celeste, sin intersecciones, pero con influjos recíprocos.
            Las construcciones que la mente rescata de algunos hechos, así como las acciones cotidianas se entremezclan durante el relato logrando que, por momentos, se desdibuje la delgada línea que separa ficción y realidad. Y lo más destacable: el ausente deja de serlo siempre que esté presente en nuestra memoria colectiva, sin negaciones ni olvidos que sólo tienden a volvernos cómplices en el silencio; ese mismo en el que han querido sumir a tantas voces.
            En suma, una suerte de aguerrido homenaje –con dientes apretados y puño cerrado- para todos aquellos que hoy no están físicamente, pero que siempre vivirán en nuestro interior.
Marcelo Zuccotti

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