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martes, 16 de enero de 2024

e-book 145. Aprendizaje nómade. Butcher's Crossing, John Williams

 

Lumen, 2013

II.

                Will Andrews es un joven de veintitrés años; ha dejado atrás un futuro promisorio en Boston. Hijo de un pastor, se ha dirigido a Butcher’s Crossing, en el Oeste, para contactar a J. D. McDonald, un hombre a quien su padre admiraba, curtidor y vendedor de pieles. Éste le ofrece un empleo contable, pero Will esperaba ganar conocimiento de vida y dedicar sus pocos ahorros a la caza de bisontes. Para ello, se asociará con Miller, un cazador, y se hará cargo de los costos de la expedición. Con él, junto a un desollador profesional, un carretero y poco más que vituallas irán en busca de los animales que, hace una década atrás, Miller ha visto en un alta llanura lejana.

III.

               Aun con todas las prevenciones, las cosas no salen como eran de esperar. Es cierto que pueden cazar y hacerse de las pieles de innumerables bisontes pero, el afán de Miller de ir por más los retrasa y el invierno los toma desprevenidos. Deberán construir un lugar donde vivir, y adaptarse a las inclemencias de la naturaleza, en una convivencia cada vez más austera y aislados de todo contacto con la civilización.

La versión digital, gentileza de Ana Blasfuemia

IV.

                En una situación extrema, Williams narra en detalle las grandezas y miserias humanas que afloran desde lo profundo de los personajes, tratando de sobrevivir en condiciones paupérrimas, con la ilusión de una venta que los volverá ricos. Para el joven Andrews, lo que comienza como un aprendizaje nómade, madurará en él a un hombre adulto, sin tener claro aun su camino, pero confiado en sus pasos.

V.

               Con una prosa austera, ríspida y seca como el perfil de sus protagonistas, Williams construye un western de iniciación, donde no faltan los desafíos, los momentos de amor ni la tragedia. Al fin y al cabo, ese pueblo fantasma es tan parte de la historia de E.E.U.U. como la fiebre del oro o su guerra de secesión. Ameno y coloquial, el texto fluye dejando cierto sabor agridulce. Para quienes hayan disfrutado con la visión naturalista de Walden, de Thoreau, es buena opción.

I.

               Mención especial hago a mi entrañable Ana B., quien tuvo la generosidad sin límites de enviarme esta edición cuando yo aún balbuceaba acerca de los soportes digitales y trataba de aprender mediante ensayo y error. No descubrí este título gracias a ella, pero testimonio su proverbial entrega y paciencia con este lector periférico, que mucho le debe. He perdido contacto, pero valgan estas humildes palabras como reconocimiento a su espacio y a su desinteresada entrega.

martes, 15 de abril de 2014

Pasión por las letras. Stoner, John Williams


Baile del Sol, 2012

            Viene haciendo mucho ruido en la blogosfera desde hace tiempo; de hecho, lo compré un año atrás. Parece ser que el gremio librero –constituido por asistentes de ventas muchos de ellos estudiantes; lectores adictos todos- había detectado su resurrección desde el olvido y no hubo uno de aquellos más allegados a mi que no lo endiosara hasta la canonización y beatificación. Como me reconozco miembro de esta religión, no podía eludir tantos buenos comentarios.

            William Stoner nació en 1891 en una granja cercana a Missouri. Su vida ha sido un fantástico resumen de lo que se esperaba de él: colaboró con los trabajos de la granja junto a su padre en medio de una pobreza digna; estudió en la universidad; contrajo matrimonio; tuvo una hija; dedicó su vida a enseñar. No se enroló en la Primera Guerra Mundial, cuando sus mejores amigos sí lo hicieron. Vive una vida acomodada. Descubre el verdadero amor a través de una de sus colegas, a la que aventaja notoriamente en edad. ¿Qué otra cosa podría pedirle a la vida?

            Y sin embargo, Stoner no es feliz. La vida, esa ansiosa que reclama decisiones todos los días, lo ve cumplir con las reglas sociales pero sin imprimirle el carácter que se espera de una persona que toma control, dominio absoluto de su futuro. Más bien, él parece dejarse fluir por el acontecer, sin comprometerse con las imprescindibles resoluciones que hacen la diferencia entre los que meramente pasan, de aquellos que merecen ser recordados.

            El único refugio contra la mediocridad, la renuncia, el apego a la ‘normalidad’ son las letras. Enseñar letras implica dejar la abulia para convertirse en protagonista. Si existe un lugar donde Stoner puede ser él mismo es frente a su clase, libros en mano, y en sus lecturas. No importan los avatares de la docencia: aplazo de un prohijado por el Jefe de Carrera –con el común argumento de que ‘es discapacitado’, como si eso confiriera de por sí idoneidad-; el consiguiente traslado a una cátedra sin trascendencia y la revancha a través de un horario improcedente.

            A la larga, cuanto más se empecina en luchar contra los molinos de viento del sistema, más aislado se encuentra. Una esposa despechada que confronta, una hija -absorbida por la madre- con quien no comparte charlas ni el tiempo necesario para verla crecer, son tópicos familiares –bastante extendidos hoy, por cierto- que acompañan a la falta de reconocimiento de la tarea docente del protagonista, unido a la espera de su jubilación, que liberaría a la Institución de sus exigencias para con el alumnado y determinaría la renovación y modernización del área.

            La vida ni siquiera le deja a Stoner la posibilidad de elegir cuándo retirarse… y morirse. Vive su vida –y su muerte- como algo ajeno a sí, como una ocurrencia del destino justo en el momento de mayor relieve personal. La agonía, presente en todo el texto, conduce a un final desvaído y delicuescente.

        Un libro conmovedor, bien escrito, con una composición magistral de la psicología de sus personajes centrales, ideal para aquellos que ejercen la docencia y para el entorno familiar, que a través de estas letras podrán interpretar mejor el sentir de quienes poseemos vocación y nos apasiona educar.