Candaya, 2012
Un matutino local había hecho el comentario de este libro –que tiene a una lectora como coprotagonista- un domingo en su página central, cuando aun esta edición española no había arribado a nuestras costas. ‘¡Vaya!, debe ser interesante’, me dije. Apenas tuve noticia de su llegada, lo fui a buscar –hipotecando parte de mi vivienda, dicho sea de paso-.
Mariano Mastandrea es un escritor que ha publicado una novela titulada Una eternidad la cual, por razones de índole comercial, de marketing o simplemente de oferta y demanda, ha terminado sus días en una mesa de saldos de nuestra Avenida Corrientes, famosa tanto por sus librerías como por sus salas de espectáculos. Entre decepcionado y molesto, Mastandrea se pasea diariamente por allí como por el resto de la ciudad, intentando descubrir a alguien que esté leyendo su libro para tener su opinión. Recorre distintos barrios y parajes por este motivo, rayano en la obsesión, hasta que un día, en una línea de subterráneos, da con una joven y bonita mujer que porta en sus manos un ejemplar del mismo. La persigue y aborda en un banco del Jardín Botánico cuando ésta se dispone a leer, sin más presentaciones que la de ser el autor del libro y querer saber por qué lo lee. A partir de allí se entabla una relación entre escritor y lectora, que se convierten en pareja. Al menos, mientras Camila Pereyra –conocida como ´La loca de los libros’- concluye con la lectura de la novela.
Becerra en Plaza Sarmiento, San Martín de los Andes, Neuquén, Argentina
Lo interesante del texto es cómo Becerra entrelaza la ficción y la realidad de ambos personajes, haciendo continuas alusiones al libro de Mastandrea, de manera que las personas físicas terminan siendo personajes de la narración. Por otra parte, demuestra admirable ejercicio en la composición de sus psicologías, pues a un autor depresivo y ensimismado, que solo cree en el fracaso como destino del arte, le contrapone una lectora crítica que vive con sus padres, desprejuiciada y obsesiva, quien sólo ve por -y a través de- la literatura, último bastión de una realidad efímera y banal.
Becerra también hace uso del arte en beneficio del texto, incluyendo el análisis de una serie de cuadros de Edward Hopper en los que las mujeres leen –o hacen que leen-, con los que Camila decide decorar el departamento de un ambiente y escasa ventilación en el que vive Mastandrea. Así, le confiere al relato mayor profundidad y riqueza, pues los va vinculando con lo que sucede entre sus protagonistas.
Finalmente, el estilo coloquial de la narración, unido a su dinámica ágil y amena, hacen del libro una lectura entretenida que no elude reflexiones filosóficas sobre la literatura, el arte, el amor y el placer. Y deja abierta la puerta para el debate –eterno- sobre quién resulta más importante: quien lee o quien escribe.
Marcelo Zuccotti