I.
Cuando las casualidades
devienen causalidades, no existe soslayo
alguno. Primero fue hallar una alentadora reseña periodística del título de
marras, aparecida junto al lanzamiento editorial que, curiosamente, era firmada
por un ex – alumno de quien suscribe, razón de su incorporación. Luego, fue la
propuesta de un taller de lectura sobre letras locales, que incluía una obra
del escritor, propiciado por la biblioteca que –además- lleva su nombre. Así, estaba
casi obligado a encarar esta ficción, como puesta en contexto previa a la
lectura sugerida.
II.
Para quienes no tengan noticia,
Esteban Echeverría (1805-1851) es considerado históricamente el primer escritor
argentino. Nacido poco antes de la Revolución de Mayo (1810) tuvo acceso a una
beca auspiciada por el gobierno del presidente Bernardino Rivadavia, pudiendo
estudiar en la Sorbona de París durante cinco años, gracias a ello. A su
regreso en 1830 encuentra a esta tierra gobernada por Juan Manuel de Rosas,
gran hacendado de la provincia de Buenos Aires, líder del Partido Federal, que
no titubea en someter al pueblo bajo el terror de su fuerza de choque, la
Mazorca, sobre todo a aquellos que se oponen a su tiranía: los Unitarios.
III.
Es en ese ámbito de confrontación violenta
donde Echeverría intenta erigirse primero en un poeta reconocido y, después de
lograrlo, en el adalid del desarrollo de un plan tendiente a crear una
literatura argentina. Intentando mantenerse al margen de la contienda se refugia
en la heredad familiar alejada de la ciudad pero, más temprano que tarde, es
conminado a tomar posición y luego de hacerlo, ante el fracaso de su facción,
deberá exiliarse más de diez años en la ciudad de Montevideo, sitiada por las
fuerzas federales, donde enfermará y hallará la muerte.
IV.
Caparrós rescata la figura del
escritor romántico que piensa en un país que, tras haberse sacudido el yugo
español, es gobernado ahora por un tirano quien, gracias a la manipulación de
las clases más postergadas, impone su despotismo. Echeverría no está solo; lo
siguen un puñado de adherentes a sus ideas de libertad e igualdad, que seguirán
el mismo camino: el exilio. Pero se atreve a hacerlo bajo la mirada de hombre,
tan preclaro en sus conceptos como dubitativo en el plano de la praxis. Es la
humanidad que destila el protagonista la que domina todo el texto.
V.
Esta novela no se restringe al campo histórico sino que sirve a Caparrós como parte de un ensayo donde se cuestiona acerca del rol de los intelectuales ante el Poder; cómo liderar un proyecto de Nación donde la Nación aun estaba ausente. Y, como autor, se permite participar con sus propias opiniones. Fluido y coloquial, de estilo directo, el libro se lee fácilmente. Muy recomendable, en especial para lectores locales.







