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domingo, 11 de agosto de 2019

Abandonar la infancia. El origen de la tristeza, Pablo Ramos


Alfaguara, 2014

I.

            Son pocas las ocasiones en que me inclino por autores argentinos. La razón estriba en que resulta difícil abstraerse lo suficiente como para brindar una opinión lo más objetiva posible sobre su trabajo y apartar las opiniones del autor en otras áreas que no se relacionan con su obra. En un país donde todo se cuestiona –con y sin fundamento-, es arduo concentrarse meramente en las letras sin que resuenen o chirríen cosas ajenas. Pero Ramos ofrece un texto fresco, emotivo, con el que cualquier lector podría identificarse y en aras de ello lo encaré. Y por algo más.

II.

            Gabriel –o Gavilán, su apodo- es un niño que ha crecido en los suburbios de la zona sur del Gran Buenos Aires. Tiene un hermano algo mayor, Alejandro, y una hermana bebé; su padre posee un taller de fabricación de bobinas de inducción y su madre trabaja en casa. El nervio central de su vida es el barrio y la barra de amigos, conocidos como Los Pibes. Del conjunto se desgranan aventuras varias, miedos, ilusiones, aprendizajes y algún que otro sinsabor.

III.

            El libro está estructurado en tres partes. En la primera, se narra la relación de Gabriel con Rolando, un hombre de mediana edad que cuida tumbas en el cementerio local, quien lo alecciona en los trucos para obtener dinero de los clientes y le revela un enigma. En la segunda, se evocan los días en que el arroyo vecino se incendió –debido al derrame de inflamables-, mientras el grupo intentaba conseguir su iniciación sexual con alguna profesional. Finalmente, la pérdida de un compinche unida a las dificultades crecientes del negocio familiar y el fin de la educación primaria propician el desmantelamiento de esa cofradía que supo ser sólida, sin fisuras.

IV.

            Ambientada hacia inicios de los años ’80 del siglo pasado, Ramos entreteje historias que construyen un libro de iniciación, del pasaje de la niñez a la adolescencia, con la frescura propia de un Tom Sawyer o de un Huckleberry Finn. El descubrimiento del deseo sexual, la lealtad y solidaridad entre amigos, la fuerza de la vida social y familiar y la aparición de la muerte, en un período que oscila entre los diez y trece años de edad, son temas recurrentes de esa tristeza del título, que no es más que el abandono de la infancia. Algo que al crecer, dejamos atrás.

V.

            Con un estilo ameno, coloquial, narrado en primera persona por el protagonista, Ramos consigue hacernos recordar ese viejo pasado, donde todo era ideal, magnífico y despreocupado. Un libro para disfrutar como chicos, cuya elección no ha sido inocente. Yo transité en mi infancia las mismas cuadras que Gabriel, el mismo cementerio –mis tíos vivían frente a él- y hallé a mi primer y mejor amigo, a fines de los ‘60. Y al igual que él, los perdí poco después a todos, lo que decretó el fin de mi infancia. Agradezco al autor, entonces, por regalarme un recuerdo agridulce.