Alfaguara, 2004
Tenía
ganas de leer algo de este escritor colombiano devenido mexicano a partir de
2007 y no me decidía a encarar su obra más reconocida, El desbarrancadero. Por eso orillé su literatura con éste y, de
verdad, me resultó tan divertido como trágico. El título de la reseña lo tomé
de un exitoso disco de la banda Fun
Lovin’ Criminals, de 1998.
Escrito en primera persona, Carlos,
el hermano del narrador, se ha convertido en alcalde de Támesis, un pueblo de
la zona de Antioquia, en pleno corazón de Colombia. Idea nacida de un delirio,
su puesta en marcha lo es aun más. Y mientras Carlos comienza su campaña
política para hacerse de la alcaldía, el relator nos va narrando cada una de
las peripecias que lo tiene de protagonista. Así, el voto de los muertos, las
desopilantes promesas que se brindan al electorado –que, por cierto, es poco
propenso a ser fiel a ningún candidato- y hasta una bandada de loros
amaestrados que son parte de la contienda electoral, son algunos de los
elementos con que Vallejo nos obsequia una historia que no por grotesca y
graciosa oculta el entorno de violencia y corrupción, entre la guerrilla, las
mafias de la droga y los beneficios que ésta reporta a los engranajes del
poder.
Con un estilo directo, en lenguaje
bastante soez y chabacano, Vallejo repasa la trampa del monocultivo del café,
la escasez de fuentes de trabajo –y de ganas de trabajar, claro-; la carencia
de aspiraciones de una sociedad chata y mísera, sin voluntad para cambiar las
respuestas y esclava de las dádivas que el gobernante de turno les ofrece a
cambio de que todo siga igual. En este aspecto, el libro se vuelve una denuncia
contra la opresión de un pueblo ignorante y aquiescente.
Destaco algunos tópicos. El
narrador, hermano de Carlos, está en México mientras escribe, no en Colombia;
con lo cual, la distancia le permite evaluar las acciones desde una óptica
distinta. Por otra parte, es tal su desencanto y descreimiento que putea
–literalmente- contra Colombia y su gente, con una mezcla de bronca y rencor
muy propio de quien se exilia. Además, el texto abunda en escenas bizarras –el
nuevo párroco, que es recibido con un montón de muertos por la violencia y
despedido con otro tanto; la madre, que pide a sus hijos que rescaten tres
cadáveres del fondo del río, así pueden tener algo que negociar para poder
comer ese día- que brindan colorido a la vez que muestran a una Colombia bañada
en sangre y barro. Por último, deja en claro que aun realizando obras de
gobierno en bien del pueblo –escuelas, pavimentación, hospitales, etc.-, a éste
no le importa más que vivir de la limosna preelectoral, dándole la espalda a
quien no le ofrece comida, dinero y promesas que no ha de cumplir.
Fluido, con frases bien construidas
y cierta poética, el libro se lee rápido, arrancando algunas sonrisas que dejan
sabor amargo hacia el final. Una mirada descreída y crítica de la Colombia
actual.