Mostrando entradas con la etiqueta Françoise Sagan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Françoise Sagan. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2015

Tríptico Françoise Sagan 3. Algunas cosas nunca cambian. ¿Le gusta Brahms?

 

Ediciones G.P., 1971

            La última novela reunida en este volumen aborda los avatares de una relación desigual. Paule es una decoradora de interiores cercana a los cuarenta, quien está enamorada de Roger, un empresario del transporte algo mayor que ella y con quien mantiene una relación de pareja sui generis desde hace seis años. Este vínculo respeta la libertad por sobre todas las cosas y en base a esto cada cual puede obrar como mejor le parezca sin que el otro se sienta ofendido.

            En realidad, es el egoísmo de Roger, incapaz de comprometerse con ninguna mujer -porque la rutina de una relación seria lo aburriría al poco- el responsable de que Paule se sienta sola aun estando junto a él. Ella alberga la esperanza de que alguna vez Roger le proponga vivir definitivamente juntos; sin embargo, él desestima esa opción, pues sostiene amoríos con jovenzuelas a las que frecuenta, abandonando en la soledad a Paule varias noches a la semana.

            El delicado equilibrio logrado por la pareja se desestabiliza al aparecer Simon, hijo de una clienta de Paule, quien al conocerla queda prendado tanto de su belleza como de la finura de sus modales. Solo que Simon es catorce años menor. Así planteada la trama, Paule deberá optar por su amor por un hombre que no está dispuesto a aferrarse a ella, siguiendo sus instintos de Don Juan, o por un hombre mucho más joven, de quien no está enamorada pero que resulta ser mejor compañía para sus días –aun siendo consciente del probable carácter efímero del vínculo-.

Sagan de vacaciones en Villa de Merlo, San Luis, Argentina

           Con una prosa nuevamente precisa y un argumento interesante, la lectura fluye rápidamente. Paule encuentra en Simon un compañero ideal, con intereses comunes, además de ser un joven atento y servicial, sin otra preocupación que complacerla; y no le importa correr el riesgo del murmullo social que genera la diferencia de edades porque sabe del amor de él. Pero su verdadero amor es Roger, quien no puede más que proponer un estilo de pareja ‘cama afuera’. Ella tendrá entonces que decidir qué hacer.

            Toda la novela está atravesada por un tinte de desencanto, de esperar lo que nunca llega. Es que en un amor no correspondido algunas cosas nunca cambian. Lo único novedoso, que alivia en parte esa sensación de frustración y agobio, es la llegada de alguien que –porque nada es perfecto- no cuenta con la experiencia necesaria en relaciones de pareja ni con la edad apropiada para una mujer adulta.

            Con protagonistas psicológicamente bien construidos y sólida estructura narrativa, Sagan se inmiscuye en los recovecos del alma humana, en un triángulo amoroso -que nunca llega a constituirse del todo-, y que hacia el final se vuelve previsible.

          Éste era el título al que hice referencia al inicio de este tríptico, pues mi madre recordaba con cierto beneplácito el film al que dio origen. Su estreno tuvo lugar en 1961, bajo la dirección de Anatole Litvak con el título Goodbye again –en español se conoció como No me digas adiós y en la pantalla local como ¿Le gusta a Ud. Brahms?- siendo sus protagonistas Ingrid Bergman junto a Yves Montand y a un jovencísimo Anthony Perkins.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Tríptico Françoise Sagan 2. Pasajeros del hastío. Las maravillosas nubes


Ediciones G.P., 1971

           La segunda novela que compila el volumen que compone este tríptico narra las peripecias de un matrimonio mal avenido. La historia comienza en Florida, E.E.U.U., donde Josée, de origen francés, disfruta de una temporada de vacaciones junto a su esposo norteamericano, Alan, y una pareja de amigos. La obsesión de Alan por su esposa es posesiva y la falta de seguridad en sí mismo la empuja hacia un adulterio, no consumado en los hechos. Cercanos a los treinta años y dueños de suficiente riqueza para dilapidar, los protagonistas abandonan la calidez de la Florida para retornar a Nueva York.

        La parte siguiente se inicia con un reencuentro entre Josée y un viejo amigo suyo, Bernard, quien, al tanto de los problemas conyugales, le sugiere que abandone a su marido. Cansada de soportar escenas de celos, Josée decide volar a Francia y refugiarse durante un tiempo en soledad, en la campiña normanda, de donde la rescata Bernard y la traslada a París. Allí, en medio de cócteles y relaciones superficiales, se reconcilia con su marido.

          En la escena final, Alan propone tener una casa propia y ambientarla, para que Josée mantenga contacto con su gente, mientras él se dedica a la pintura. Una mujer algo mayor que ambos, conocida por medio de otros vínculos –que flirtea con Alan- sugiere a éste realizar una exposición de sus telas. Con la reaparición en escena de Marcos, un antiguo amante de Josée, se desbaratan todas las intrigas, lo que conduce a un desenlace predecible.

          Alan encarna al joven guapo e inteligente, maníaco – depresivo, manipulador y neurótico, capaz de tomar la apariencia de un niño tierno y desvalido, para transformarse en el más brutal celoso en un breve intervalo de tiempo.

            Josée es la típica consentida, que alterna fiestas, gentes y lugares de moda a los que asiste la burguesía acomodada, sin involucrarse afectivamente con nadie. Así, cada uno con sus características y desde sus perspectivas contribuyen a la enfermiza relación que mantienen, incapaces de abandonar el uno al otro, pues Alan teme no saber retener a su bella esposa, y Josée no puede pensar su vida sin las facilidades que otorga una vida holgada, sin esfuerzos. Es el hastío de una vida ociosa la que socava el vínculo; las que le hacen desear a Josée convertirse en algo tan deletéreo y fugaz como una nube parisina de otoño.


Sagan en el balcón, con la Sierra de Comechingones de fondo, Argentina

            Con una prosa precisa y buena construcción psicológica de sus personajes, el libro resulta fluido. Esa gente frívola, que no posee mayores contratiempos ni grandes objetivos es nuevamente el objeto de observación de Sagan, a quienes expone con crudeza y desparpajo a través de una mirada crítica y cínica. 

       Sin llegar al nivel de Buenos días, tristeza pero con elementos bien presentados, una galería de personajes secundarios perfectamente delineados y diálogos sutiles, la novela retrata con bastante fidelidad los avatares de un estrato social muy de moda en los pasados años ’60. Otro fresco de época.

martes, 25 de agosto de 2015

Tríptico Françoise Sagan 1. Aquellos días felices. Buenos días, tristeza


Ediciones G.P., 1971

                Lo encontré al ir por otro libro en una librería de usados y lo llevé por tres razones. Una, porque albergaba tres títulos, uno de los cuales –no éste- me recordó cierto comentario de mi madre acerca de una película. Otra, porque pensé que bien podría ser de su agrado leer la novela que dio origen al film. La última, pero no menor, es que venía forrado de Contact, un papel adhesivo protector, de uso popular en los pasados años ’70, dando muestras evidentes del cariño que su antiguo poseedor guardaba, si no por la obra, acaso por los libros. La lectura la disparó la prensa al comparar el trabajo de Milena Busquets con el presente.

              Cecilia recuerda un verano, cuando estaba a punto de graduarse de bachiller y contaba con diecisiete años, en compañía de su padre, Raimundo, quien había alquilado una villa en el Mediterráneo. Viudo, de fortuna heredada y con algo más de cuarenta de edad, asistía junto a Elsa, la última de sus conquistas, diez años menor. Era el clásico dandy, amigo de la noche y la juerga de muchachos, sin mayores intenciones que pasarla bien, disfrutar de una vida ligera, sin cuestionamientos ni sobresaltos.

         Su hija, que comparte con su padre su naturaleza despreocupada y superficial, es avisada de la llegada de Ana Larsen, una vieja amiga de su madre y numen inspirador para la muchacha, quien acepta la invitación de Raimundo de pasar unos días pues le estaban haciendo falta unas buenas vacaciones. De esta manera se configura el triangulo amoroso entre el hombre guapo y liviano, la bella modelo joven aunque hueca y la mujer madura pero aplomada, dispuesta a poner orden en las vidas de padre e hija, tan pasatistas como ociosas. La trama se completa con la presencia de Cyril, un agradable veinteañero local, quien no solo inicia a Cecilia en el arte de la navegación a vela sino también en la sexualidad.

            La novela encierra varios puntos de interés. Para comenzar, está la soberbia descripción del universo mundano y frívolo de los años ’60 – ’70, época de playboys, sensualidad y vida nocturna de Saint Tropez y la Riviera francesa, genialmente retratada por Sagan. Luego, la consabida historia con desenlace trágico, entre un hombre irresponsable, una joven tan bella como anodina y una mujer independiente, con clase, necesitada de afecto familiar. Además, posee el condimento de la iniciación sexual de su protagonista, que si bien no abunda en detalles, pudo resultar escandalosa para los lectores de su tiempo de aparición.

                  Narrada en primera persona por Cecilia, la novela fluye en algo más de un ciento de páginas, dividida en dos partes. La primera describe el entorno familiar, sus características y presenta a sus personajes; la segunda, desarrolla el argumento hasta su predecible final.

Sagan en Rincón del Este, Villa de Merlo, San Luis, Argentina

                ¿Qué ha vuelto tan renombrada a la obra y a la autora? En principio, está escrita por una jovenzuela presumida, manipuladora, con aires de sabihonda, dueña de un desenfado sin par, utilizando un estilo tan directo y coloquial que transforman este relato en una pintura de época. Imagino que el revuelo causado tras su publicación obedece más que a romper con la pacatería, con el hecho de dejar constancia de la liberación femenina en materia sexual, exhibiendo así la igualdad alcanzada por las mujeres en este terreno de gozo y placer, algo impensado para la sociedad de ese tiempo.

                En suma, es un libro ameno que se lee rápido y si bien la altanería de Cecilia se vuelve por momentos incómoda, sus apreciaciones mantienen la frescura típica de la adolescencia, haciendo creíble el relato. No hay manera de comparar a Busquets con este superlativo trabajo.

                 Finalmente, mientras me entregaba a su lectura, vino a mi el recuerdo de aquel tema tan sonado en esos tiempos, There were the days, en la inefable voz de Mary Hopkin, una compañía ideal para esta obra.