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viernes, 12 de mayo de 2017

Pena capital. Los siete ahorcados, Leonid Andreiev


El Olivo Azul, 2007

I.

            Hay muchos escritores de origen ruso cuyas letras han trascendido al gran mundo lector. Sin embargo, Andreiev no se encuentra actualmente entre ellos; sospecho que se debe a que nadie que publique alguna de sus obras espera hacer caja, más bien lo contrario. Por esa misma razón lo incluí en mi Año Ruso.

II.

            Parece que hacia fines del siglo XIX en la Rusia de los Zares cualquier delito cometido se castigaba con la horca, así fuera un asesinato o un robo. Andreiev juzgó aberrante ese hecho, abogando por su abolición y no encontró mejor recurso que destinar esta obra para señalar tanto el horror como el despropósito de la pena capital.

III.

            La breve novela que da origen al título de marras expone magistralmente el sentir de un grupo de prisioneros que, habiendo sido condenados a la horca, pasan sus últimos días y horas en una celda, previas a su ejecución. Cinco de ellos –tres hombres y dos mujeres, jóvenes en su mayoría- han participado en un atentado contra un ministro, pero la acción de la policía desbarató el plan y fueron capturados. Otro de los signados apuñaló a su señor en un intento de violar a su esposa y el último es un asesino y ladrón confeso.

IV.

            El lector accede así a las sensaciones de miedo, pánico, orfandad y abulia con cada uno de los personajes, como si tuviera la ocasión de visitarlo en semejante condición, pocos momentos antes de cumplir su condena. Algunas de las escenas resultan desgarradoras; otras despiertan la empatía y llaman a la reflexión sobre qué acto humano merece una punición tan terrible. Es que segar vidas por cometer distintas clases de delitos –alguno de ellos solo en grado de tentativa- resulta –lo menos- inicuo y exagerado.

V.

           En estilo conciso, sin ambages ni florituras, el presente texto se completa con el relato Un pensamiento, en el que, a través de epístolas, el protagonista –un médico- confiesa el asesinato perpetrado por él contra su amigo, alternando momentos de plena lucidez con otros de delirio y cierta mística, de manera que se desdibuja si realmente su mente es brillante o enferma. En suma, dos buenos trabajos con los que abordar las letras de Andreiev.

martes, 18 de noviembre de 2014

La bruma interior. El káiser y el prisionero, Leonid Andreiev


El Nadir, 2005

           Varios años atrás buscaba un título de este autor; no lo encontré, pero me hice de un par de otros entre los cuales se contaba éste. Ya he dicho que me gustan los rusos; hablan de nosotros, de la vida y de las emociones. Como hacía mucho tiempo que no les dedicaba un lugar, lo seleccioné e intercalé en medio de otra obra más extensa.

        Este libro está compuesto de tres relatos largos. El primero, responsable del título del volumen, supone un encuentro entre el káiser Guillermo II de Alemania y un prisionero de origen ruso que luchaba con los aliados, al ser capturado durante la toma de una aldea belga. El káiser, enfermo de insomnio, decide hacer frente a la noche dialogando con alguien cuya preparación intelectual esté a su nivel. En un momento de flojera se duerme, dejando su revólver cargado a corta distancia del prisionero, quien lo toma en sus manos y debe decidir el rumbo de la guerra.

            El segundo, ‘Él. Historia de un desconocido’, muestra a un joven ruso que acepta un puesto de preceptor de los hijos de un importante señor, sito en las afueras de la ciudad. Al poco de llegar al paraje, comienza a notar ciertos hechos inquietantes: una cuadrilla se encarga de borrar sistemáticamente las huellas en los caminos; la esposa del anfitrión nunca se presenta, pero se le oye tocar el piano y durante la noche aparece un desconocido, que mira a su protagonista a través de la ventana de su habitación. Esto ocurre hasta una noche en que lo hace pasar a su habitación.

            El último, ‘En la niebla’, narra la discusión interior de un joven de dieciocho años, hijo de un señor, bien educado y enamorado de una joven amiga de su hermana menor, a quien su inclinación al sexo y al vicio conduce a una enfermedad venérea, que lo debate entre la deshonra y el suicidio.

            El clima de desasosiego del alma, esa bruma interior producto de una confusión de sentires entremezclados, son el denominador común de estos cuentos. Los protagonistas viven circunstancias extremas en las que deben tomar una decisión con riesgo de perder la vida –matar al káiser en sus aposentos; escapar de la casa en medio de una llanura helada; abandonar el hogar familiar y la vida social- y el lector acude no sólo a los hechos sino al discurso interno previo de quien debe resolver la situación. En este aspecto, los relatos se vuelven tan tensos y opresivos que nos hacen partícipes de la atmósfera cargada en que se desarrolla cada uno de los argumentos.

          Con lenguaje coloquial y ameno, la lectura fluye con morosidad, pausadamente en las partes culminantes. La naturaleza de los cuentos comparte la soledad de los personajes de Kafka y algo de la angustia impregnada en la narrativa de Poe. Es siempre uno el que debe enfrentarse a ese estado de deliberación incierta que precede a una gran decisión, sabiendo que cualquiera sea la misma, se tiene pocas probabilidades de salir airoso. Y es ese desánimo el que desfila por sus páginas.
    
               Por lo demás, es un libro que no soslaya un debate sobre la ética a través de una mirada desesperanzada de todo cambio en el ser humano, quien parece destinado a repetir sus propios errores. Buen material para reflexionar.