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lunes, 1 de febrero de 2016

Estéreo Transatlántico 4. Soviet kitsch. Limónov, Emmanuel Carrère


Anagrama, 2013

             Lo compré cuando alguien en la blogosfera comentó que el libro oficiaba de biografía no autorizada o algo así. Además, el éxito del autor con otros textos brindaba cierto grado de confianza. Luego, quedamos con U-topía en que lo leeríamos conjuntamente, puesto que ambos contábamos con la misma edición. Nos pusimos de acuerdo y aquí estamos.

            Este libro narra la biografía algo novelizada del escritor y poeta ucraniano Eduard Veniaminóvich Savienko, alias Limónov –derivado de limón, por su acidez, y limonka, la granada explosiva- que aún vive y, sospecho, ha dado su beneplácito para la publicación.

            Si tuviera que resumir quién es este personaje, diría que Limónov encarna a un chico grande, un adulto con alma de chico. Eso no quita que fuera delincuente, fascista, agitador político y demás epítetos; para nada. Pero no sería justo restringirlo sólo a eso, sin hacer mención de sus escritos, sus buenos sentimientos, su solidaridad, protección y una dosis elevada de lealtad a una idea o un objetivo.

            Así planteado, el libro desgrana la sed de aventuras de su protagonista, ya desde sus años mozos, presentándolo como un ícono de la desmesura. Limónov quiere ser el más grande poeta de Rusia; el más grande… en todo lo que enfrente. No puede conformarse con menos, y desprecia a todos los que pudieran ser competidores en captar la atención en lugar suyo: Solzhenitsyn, Brodsky, etc. Por otra parte, no deja de cautivar al lector que un jovenzuelo, aprendiz de matón, pase a ser un reconocido poeta en ciernes en Moscú; se convierta en sirviente de un ricachón neoyorquino; columnista de un periódico amarillista en París; guerrillero serbio; devenga una suerte de gurú de un minúsculo grupo en los montes Altái, dé con sus huesos en la cárcel rusa y al salir funde un partido nada menos que con Garry Kasparov, el campeón de ajedrez.

              Si bien no parece muy meritorio el trabajo de Carrère, pues Limónov se ha encargado personalmente de escribirlo todo acerca de sí mismo –una forma no velada de megalomanía- y el autor ha tenido acceso a la totalidad de los documentos, lo cierto es que se convierte en el vehículo de repaso de la historia del pueblo ruso, desde el gobierno burócrata de Stalin y sus sucesores del PC, hasta la llegada –y caída- tanto de Gorbachov como de Yeltsin, y el férreo gobierno de Vladimir Putin. En ese sentido, el libro cobra ribetes de testimonio histórico.

               Fluida, coloquial y muy amena, la obra resulta atrapante y puede ser leída de un largo sentón. Hay páginas en las que Carrère aprovecha para hablar de su propia biografía; no se entiende muy bien qué lo lleva a hacerlo, aunque sirve de contraste entre una vida monótona de un escritor acomodado y exitoso, y la de alguien que ha tenido que abrirse camino para lograr ser reconocido.

              ¡Gracias, U-topía, por compartir esta lectura! Lo que ella opina, puedes leerlo aquí. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Estéreo Transatlántico 3. Colección de horrores nazis. Medallones, Zofia Nałkowska


Minúscula, 2009

           Conexión. Es la única palabra que acude a la hora de interpretar los hechos. Este título salió a relucir cuando Agnieszka -que emitió su opinión aquí- decidió descender a los infiernos del nazismo. No pude conseguir el libro de Borowski que recomendaba, pero éste estaba disponible. No medió comunicación ninguna entre ambos –aunque yo le sugerí que me avisara-, pero lo leímos en el mismo momento.

            Después de viajar al Holocausto judío con Kertész, había una lógica consecución con el tema, pues completaba de algún modo lo sucedido. En aquél, se narraban los horrores de Auschwitz y Brunewald; aquí, otros no menos significativos acaecidos en toda Polonia. Dio la casualidad que, sin mediar comunicación alguna, ambos decidimos enfrentarnos a estas páginas.

       Es una compilación de relatos donde Nałkowska, miembro de la Comisión de Investigación de los Crímenes Hitlerianos que, en 1946, se ocupó en señalar lo sucedido durante el nazismo y acusar a los responsables, destaca aquellos que resultan sobresalientes. Así, repasa algunas historias de los sobrevivientes y de quienes tuvieron algún rol que cumplir en la maquinaria de la solución final –forma eufemística del genocidio- de millones de judíos.

            Un médico encargado de hacer jabón con la grasa de los cadáveres; la tortura y el hacinamiento de una madre y su hija; las atrocidades perpetradas en los guetos polacos; el abandono de un herido al fugarse –pues ayudarlo acarreaba el fusilamiento-; el permanecer durante todo un día de pie en medio de un frío glacial; los ultrajes que debieron soportar las prisioneras; los condenados que cavaban las fosas para los cadáveres gaseados o guillotinados; el destino de los niños y ancianos a la cámara de gas, son parte de esta obra testimonial, en la que se narra toda una colección de horrores que ha tenido como fin último el exterminio de una raza.

         Con poco menos de un ciento de páginas, esta obra rescata del olvido y la aquiescencia un cúmulo de vivencias que espeluznan, de modo que las historias resultan difíciles de transitar. Varias veces he tenido que detenerme en su lectura; la profundidad del horror narrado así lo requería. Es doloroso tomar conciencia que tales abyecciones fueron infligidas por unos seres humanos a otros, cuando sabemos que los propios animales –sin el dilatado ejercicio de la razón- no serían capaces de hacerlo entre ellos mismos.

        Conciso y directo, sin veleidades literarias y con mucho de entrevista periodística, la autora expone un abanico de acciones inhumanas perpetradas sobre el pueblo judío, en su mayoría de origen polaco –pues allí se concentraba la mayor colectividad europea-. Un libro duro, difícil de asimilar, no apto para lectores impresionables.


martes, 9 de septiembre de 2014

Versión Original 6. La Casa de los Siete Tejados, Nathaniel Hawthorne


Cátedra, 1983


          Aparecida hace más de tres años en otro espacio, esta reseña refiere a un libro que yo he valorado mucho al pasar el tiempo y otros textos. No se si hoy suscribiría parte de estas líneas, pero he decidido mantenerlas para ser fiel al propósito de respetar las impresiones extraídas al concluir la lectura.


          Fue una de esas amables coincidencias la que me condujo a él. Resulta que un amigo lector nombró una de las obras de Hawthorne, editada en nuestra lengua por una reconocida casa catalana, cuyo costo excedía lo sidéreo. Al ir en busca de un texto de Bowles o de Berger -no recuerdo bien- en una tienda de libros usados, me topé con éste a un precio mucho más que accesible y lo llevé. Lejos estaba de saber que esta edición se hallaba agotada en las librerías locales aunque, por fortuna, hoy puede encontrarse el título bajo otro sello. Esperó pacientemente su oportunidad y aquí está.

            La historia combina un delito de usurpación, con una maldición que se propaga a través de las generaciones. Comienza a mediados del siglo XVII con la disputa por un terreno en Nueva Inglaterra que pertenecía a Matthew Maule del que es despojado solapadamente por el coronel Pyncheon y en el cual éste funda su propia estirpe. Acusado de brujería y colgado en Salem, el primero maldice al último, y es esta imprecación la que se va transmitiendo cual herencia genética, a lo largo de doscientos años.

            Ambientada en una época cercana a 1850, Hawthorne compone un relato donde lo único que permanece en el tiempo –y es el núcleo de lo que acontece en la narración- es esa vieja casona construida por el coronel, con sus siete habitaciones, una chimenea central ubicada en la sala principal, que se convierte en el centro de la casa, y en la que cuelga un retrato de quien la fundara.

          Pero no es solo la historia de dos familias sino también, en gran medida, la de la emancipación americana, donde el litigio territorial representa la lucha entre el colono, que se gana la tierra trabajándola, y la madre patria, que otorga sus tierras a quienes la apoyan. Plena de simbolismos, encontramos tres figuras femeninas –que responden a sendas imágenes temporales- y una galería de personajes secundarios que, en ese transcurrir, sostienen la indispensable veracidad de los sucesos, a la vez que fortalecen la trama. Además, no está exento el carácter religioso de la lucha. Siendo uno de los motivos por el que muchos ingleses abandonaran sus lugares de origen, la novela detalla la mirada de una mayoría puritana acerca de su sociedad.

         En un estilo fluido y coloquial, Hawthorne nos provee de un narrador que, por momentos, sólo es un espectador; en otros, toma el curso principal del relato con el fin de hacernos reflexionar acerca de los acontecimientos que han tenido lugar y disparar los nuevos. Es de recordar que la historia con fantasmas y “brujos” -aunque sólo sean talentos hipnóticos- han sido siempre del agrado del público anglosajón.

        La necesidad de integrar las visiones desemboca en una –si se quiere, trivial- historia de amor que se vuelve capaz de unir ambos opuestos, como síntesis del pasado, dando lugar a un futuro promisorio que deje atrás las disputas y permita el desarrollo de una sociedad basada en la equidad, la democracia y ese “destino manifiesto” que tanto se nos ha hecho conocer.
         
         La presente edición consta de un análisis que resulta excelente guía interpretativa, aunque sugiero leerlo a posteriori. Es un buen libro, en el que la historia atrapa gran parte del tiempo, pero tiende a caer en un costado sensiblero y romanticón hacia el final, fruto –pareciera- de la necesidad de darle cauce a una esperanza en el porvenir, tanto como de agradar al gran público.

domingo, 25 de mayo de 2014

Crónicas del subsuelo. Una soledad demasiado ruidosa, Bohumil Hrabal


Galaxia Gutenberg, 2012


           Leí la reseña que Claudia Pérez realizó acerca de este título aquí mismo, pues no tuve la oportunidad de hallar un ejemplar como para compartir la lectura en tiempo y forma. En una suerte de ‘Estéreo póstumo’, rindo homenaje tanto al autor como a mi compañera con la que iniciamos este espacio.

            Es un libro breve, distribuido en ocho capítulos escritos casi de corrido, donde se narra parte de la historia de Haňt’a, un hombre que hace treinta y cinco años trabaja en un sótano sórdido y mal iluminado acarreando papel de descarte para alimentar una máquina que ha de compactarlo. Cada tanto, escamotea un libro destinado al desguace, para engrosar su biblioteca personal, lo que le permite convertirse en un hombre culto ‘a pesar de sí mismo’, como él lo indica. Vive en una habitación desvencijada, próximo a la miseria, y su mayor alegría consiste en disponer réplicas de cuadros de Cezanne, Manet, Van Gogh y otros pintores con los que envuelve los fardos de papel una vez constituidos.

         La lectura puede realizarse en varios planos. En principio, el protagonista es un defensor de las letras. Con su actitud de quedarse con algún ejemplar que considera valioso y darse de lleno a su lectura, Haňt’a resume su placer por aprender y el valor intrínseco que poseen los libros en la formación de los seres humanos.

            Además, Haňt’a es un artista, al intentar envolver el producto del desecho de manera que ofrezca una imagen reconocible por quienes pudieran verlo o manipulen ese fardo al final de su vida útil.

          También, Haňt’a propicia una simbiosis hombre – ratón. Los ratones que hacen nidos en el papel muchas veces acaban con él dentro de la compactadora, en su afán por acompañar lo que consideran su alimento y vivienda. De alguna manera, la metáfora de terminar nuestros días a mano de las máquinas no deja de tener un correlato en lo que acontece hacia el final; una brigada de jóvenes enrolados en el partido oficial desplazan a Haňt’a de su labor cotidiana, relegándolo al retiro y, con él, al olvido. La crítica a las nuevas generaciones -desprovistas de consideración hacia los más viejos- junto al auge de una tecnología inhumana al servicio de un régimen frío y despótico se manifiestan abiertamente en el desenlace.

          En síntesis, Hrabal ha compuesto en poco menos de un ciento de densas páginas un relato que abarca su visión del autoritarismo y de la modernidad como contraposición al rescate de la literatura, único refugio de aquel que todo lo ha perdido. Con una prosa precisa y rotunda, es una obra concisa, sustanciosa, sujeto de múltiples lecturas. Recomendable ciento por ciento.

domingo, 5 de enero de 2014

Versión Original 5. Siempre somos demasiado buenos con las mujeres, Raymond Queneau


Seix Barral, 2003

            Quería iniciar el año con la reseña de una obra entretenida, que nos hiciera distender y disfrutar de la lectura, y encontré ésta, publicada hace cuatro años exactos. Ojalá que se la pueda conseguir, porque no tiene desperdicio a la hora de reir. Realmente, un hallazgo.

            Necesitaba un libro divertido para concluir un 2009 si se quiere algo desafortunado en lo personal. Con un par de amigos con los que me reuní a principios de noviembre a cenar, terminamos deambulando en búsqueda de un café donde enfrentar la somnolencia ya entrada la madrugada de un sábado. Al pasar ante un escaparate de una librería notamos que se habían reunido una serie de títulos de este autor, ignoto para mi hasta ese instante. Uno de los presentes –asiduo lector- me indicó que quedaban pocos ejemplares del libro de marras –advirtiéndome que a un precio exorbitante-, pero que lo recomendaba. Pocos días después, cuando lo fui a buscar, el librero dudó de tenerlo pues no recordaba el título pero, hurgando en medio de otros, apareció el último ejemplar.
            Contar que me reí a carcajadas en más de un pasaje, es poco. Se trata de siete puritanos irlandeses que participan en 1916 de una insurrección con el fin de sacudirse el eterno yugo británico y, para eso, ocupan la oficina del correo postal en Dublín, dispuestos a resistir el asedio de la ofensiva inglesa aun a costa de sus vidas. Con ese motivo, evacuan el local sin percatarse de que en el closet se encuentra una bella y joven empleada rubia, de ojos azules, que a su vez es la prometida del comodoro enviado a reprimir el levantamiento.
            Con un estilo ácido y mordaz, Queneau narra las desopilantes acciones de estos irlandeses, tanto en el frente externo –contra los ingleses- como lo que va aconteciendo con la seductora rubia rehén en el interior de la estafeta. La combinación de la joven que descubre su atractivo entre los rebeldes; éstos, cuya ética católica les impide deshonrar a su víctima y el comodoro, a quien le han dado la orden de bombardear la estafeta donde trabaja su novia, hacen las delicias del libro.
            De a ratos brutal como “Boogie, el aceitoso” del Negro Fontanarrosa, o sarcástico como Groucho Marx, el autor no escatima burlas a las infantiles creencias de la época ni al pacato puritanismo eclesial en materia sexual, haciendo gala de un humor corrosivo e irreverente. Además, utiliza un lenguaje grotesco y chispeante a través de una multitud de diálogos, que enfatiza la caracterización de cada personaje y realza el texto volviéndolo más fluido y veraz. Pero lo destacable es la forma en que hilvana los sucesos, de manera de transformar actos violentos en disparatados y graciosos.
            Por último, no habría que perder de vista que la obra se desarrolla en torno a los hechos morales (la lucha por la patria, la castidad, el ejercicio del poder, la autodeterminación), puestos bajo la visión de un observador no neutro aunque criterioso, todo ello inmerso en un clima de violencia y descarnada brutalidad, que no son óbice para contener escenas cómicas y memorables.
            Si llegas a encontrarlo –cosa poco probable-, no dudes en llevártelo. Augura buenos  momentos. Sin dudas, lo pongo en el “top five” de los mejores libros leídos en el año.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Versión Original 4. La pasión según G. H., Clarice Lispector


Muchnik, 2001

            La reseña que hoy visita el espacio fue publicada a fines del 2009, habiendo leído el libro en octubre de ese año, antes de dispararse la 'Lispectormanía' por estos parajes. En cierto modo, este trabajo ha sido pionero, pues éramos pocos los que contábamos con el ejemplar -y menos los que lo habían leído-. Por otra parte, cumplo con algunos lectores en hacerles conocer mis líneas.

            Llegué a la autora gracias a las bondades del mundillo literario, donde continuamente se la nombraba, en una suerte de “trendy author”. A eso habría que añadirle la fotografía que una librería porteña había publicado en su blog, que contaba con “casi” todos los títulos de la escritora… menos con éste. Como las casualidades no existen, a los pocos días, algún asiduo visitante de saldos me comunicó su presencia -cuyo monto era ridículo-, con lo cual salí en su búsqueda. Por otro lado, nada había leído sobre literatura brasileña, a excepción de algún libro de Jorge Amado; por eso me pareció una buena ocasión para abordar su narrativa.
            La novela cuenta dos historias en planos distintos. En la primera, una escultora carioca de clase acomodada decide ordenar una habitación vacía que ha dejado libre su última criada donde, al abrir la puerta, descubre la pulcritud de la misma, algunas valijas con sus propias iniciales “G. H.”, la cama libre y un armario, todo iluminado por un sol esplendente. Pero en la pared hay un dibujo de un hombre, una mujer y un perro. Al abrir el armario se choca con una enorme cucaracha, a la que quiebra de un portazo, dejando un reguero blanco mientras se arrastra agonizando.
            A partir de este hecho se inicia una incursión de la protagonista al lado oscuro del yo, utilizando para ello cuestionamientos -y sus correspondientes respuestas personales- en una suerte de diálogo consigo misma. Por otra parte, las reflexiones están teñidas de un crudo existencialismo, despojado de la vida cotidiana y burguesa a la que pertenece, en aras de alcanzar aquello que resulta la esencia de nuestro ser.    
            El libro está plagado de referencias e imágenes de la literatura clásica, universal y judeo-cristiana. Baste para ello la alusión a Adán, Eva y el Can Cerbero del paraíso en las figuras de la pared; la cucaracha, que recuerda a Kafka; el viaje socrático con el que se emprende el conocerse a sí mismo; el placer de la orgía del Sabbat y la necesidad de una mano anónima que acompaña a la protagonista, evocando al Virgilio de la Divina Comedia, que guía al Dante en su descenso a los infiernos
            Además, existen preguntas metafísicas sobre la esencia de la vida y el amor, así como un antes y un después de la travesía. Un periplo que incursiona en los pliegues del yo y desciende hacia lo más sórdido y animal del hombre donde se pierde la racionalidad, nos conduce luego hacia la redención propia y la recuperación del vínculo con Dios y los otros, con un ingente amor por la vida, descubriendo que la humanidad sólo pude realizarse como tal en contacto con los demás.
            Por momentos, el texto se vuelve arduo y requiere de toda la concentración de la que se es capaz para sobrellevarlo. En otros, Lispector hace acopio de su destreza en el manejo lingüístico construyendo frases que carecen de significación; son ésas donde se busca la musicalidad o sonoridad. Las asociaciones de imágenes (v.g., el reguero blanco que deja la cucaracha, la leche materna y el recuerdo de los abortos de la protagonista) refuerzan la narración. También, el que la frase final de un capítulo se repita en el inicio del siguiente, otorga un carácter espiralado y circular, donde todo vuelve al principio y se renueva a la vez.
            Lo sorprendente es la sucesión de cuestionamientos e indagaciones existencialistas, psicológicas, teológicas y teleológicas, dentro de un libro que no alcanza las ciento cincuenta páginas. Mas ese viaje redentor remite a la Pasión de Jesucristo, dejando en claro que lo que se ha propuesto la autora es llevar a cabo el mismo proceso por una mortal llamada “G.H.”, cuyas iniciales remedan al Género Humano. Un libro profundo, para descubrir y releer varias veces.

martes, 5 de noviembre de 2013

Versión Original 3. Qué me dejó el "Ulises", de James Joyce


Cátedra, 2004

            Esta fue la primer reseña que me animé a hacer para otro medio literario, allá por el 2008. Quizás no pude extraer todo lo que hubiera sido útil de una lectura inicial de semejante libro, mas me tomé la molestia de acompañarlo con una buena guía, elaborada por una reconocida escritora e instructora en Joyce del medio local que, si bien no pudo solucionar todos los problemas de interpretación que surgían, al menos permitió que la lectura fuera más fluida. Probablemente hoy no suscriba en parte con el estilo escogido, pero mantengo mis líneas respecto de su contenido.


Introducción
            No tengo muy presente qué motivó la lectura de este texto, considerado por la crítica como “la” novela del Siglo XX, “el libro que todo buen lector no debiera dejar de leer”. Hasta me suena a que hay un club de lectores o algo así que se intitula “Yo no leí a Joyce, ¿y qué?”. Pudo haber sido el tedio de tener que convalecer de una cirugía, unido al aspecto voluminoso de la versión en mi poder, lo que me incitó a la ardua tarea de acometer su lectura. Total… otra cosa no se podía hacer.
            No pasaron más de unos segundos entre abrir la edición de Cátedra y la aparición de la desesperanza, al advertir la necesidad de haber leído con antelación otras obras del propio escritor, como “Dublineses” y “Retrato del artista adolescente” y, por supuesto, el poema épico de Homero donde se narran las aventuras de Odiseo. Obras que, por supuesto, no había leído.
            No obstante, haciendo gala de mi naturaleza obstinada, y “rechiflado en mi tristeza”, me aventuré a adentrarme en el texto con el objeto de, al menos, tomar un primer contacto e intentar una prístina aproximación a la obra.
            La misma, es una recreación del poema homérico en la que se respeta la secuencia de los capítulos, pero en lugar de relatar las desventuras del héroe, en este caso sólo se trata de “un día en la vida” de un par de personajes centrales, Leopold Bloom y Stephen Dedalus, que encarnan los roles de Odiseo y Telémaco respectivamente.


La obra
            No pretendo hacer aquí un resumen del libro; sólo realizar comentarios de aquello que puede resultar significativo. Indudablemente, su autor tenía un dominio colosal sobre las obras de Shakespeare, Goethe, Dante, así como de la historia de la literatura inglesa, puesto que da sobradas muestras de ello en varios episodios o capítulos, y también de los dialectos de la plebe de su Irlanda natal.
            Rescato de su lectura uno de los objetivos de la obra: el lenguaje y las palabras, no como medio de expresión sino como limitación. Toda palabra está constituida por sonidos que nos han sido impuestos, de los cuales es posible desconfiar, puesto que a través de la manipulación de las palabras se puede engañar y llevar a cabo acciones injustas. Es decir, por más que nos esforcemos en hallar el vocablo que mejor corresponda a nuestra descripción, o el estilo literario que mejor se adapte a nuestro sentir, nunca podremos alcanzar su exacta expresión a través de la lengua.
            También plantea la irreversibilidad del pasado y la inevitabilidad del futuro. Nunca podremos volver atrás lo que ya vivimos, como tampoco podemos establecer con certeza qué nos depara el mañana. Somos conducidos como el barco del Odiseo, por capricho de los Dioses y totalmente a la deriva.

Conclusión
            Lo que más me agradó de la obra fue la complicidad que establece el autor con el lector. A lo largo del libro, Joyce deja muchas frases inconclusas, particularmente de los pensamientos que realizan sus personajes, que el propio lector debe hacer el ejercicio de completar para mantener la ilación.
            Por otra parte, el diseño “circular” de la narración resulta original. En cada episodio se van dando sutilmente, como al pasar, algunos detalles acerca de otros personajes que toman protagonismo en episodios anteriores o posteriores, de manera que, si se es observador, se van completando la descripción de los mismos. Y así se teje una serie de interrelaciones que realzan el sentido de la narración.
            Es digno de comentarse que el último capítulo está escrito sin signos de puntuación –¡su lectura es todo un esfuerzo de concentración!-, en ocho párrafos, lo que debe haber inspirado a no pocos autores posteriores.
            Si bien su lenguaje por momentos es tedioso y abstruso –más en una traducción castellana de un original inglés, donde se ponen de manifiesto las dificultades de traslado de modismos de una lengua a otra-, no deja de ser interesante como recreación de un mito.

martes, 1 de octubre de 2013

Versión Original 2. La muerte de Virgilio, Hermann Broch


Alianza, 2007


             Como lo había anunciado, nuevamente publico un texto escrito anteriormente. En esta ocasión, el mismo apareció en marzo de 2010, luego de su auspiciosa lectura, durante los meses de verano. El primer párrafo hace alusión a un amigo personal y a la Feria del Libro local, de 2009.

 Hermann Broch en Cafayate, Valles Calchaquíes, provincia de Salta, febrero de 2010.
             Andando por la última Feria del Libro local, el Flaco se llevó un ejemplar del autor, que compone la trilogía “Los sonámbulos”. Pasados los días, al comentarle a mi otro etílico amigo el cotilleo propio de la visita, me señaló este título como el sobresaliente de toda la obra de Broch. Después de buscarlo afanosamente por todo Baires, “rechiflado en mi tristeza” y “sin plata y sin fe”, se me ocurrió preguntar en una histórica librería de Recoleta, donde tuve la fortuna de hallarlo. Esa fue la primera de las fortunas. La segunda, fue la que tuve que pagar. La tercera, a continuación.

           Es un librazo, no sólo por sus 566 páginas –y el peso que esto acarrea- sino fundamentalmente por su contenido. Es la historia del poeta Virgilio, que vuelve desde Grecia junto al César Augusto,  ya muy enfermo y al que le restan pocas horas de vida, acompañado por un cofre en donde guarda los rollos que componen la Eneida. El libro se divide en cuatro partes, cada una signada por los cuatro elementos: agua, fuego, tierra, éter.
            La primera, es la llegada al puerto de Brindis (Brindisi), donde tiene lugar el festejo del arribo que coincide con un nuevo onomástico del César, para lo cual Virgilio debe ser llevado en litera en medio de las callejas, donde recibe los insultos de la gente común, sobreviviendo en su propia miseria, pues creen que el transportado desea “hacerse notar”. Una situación que evoca el Vía Crucis de Jesús –que, cronológicamente, padecerá años después-.
            La segunda, conducida por el aumento nocturno de la fiebre, es una construcción llena de representaciones oníricas, donde se entremezclan alucinaciones, ensueños y realidad, –con esos seres imaginarios que tan bien retrataba el Bosco en sus pinturas-. Pero el lirismo conque Broch los describe es maravilloso. En medio de esta imaginación febril surge en Virgilio el  convencimiento de que su vida ha sido sólo palabras, que la grandeza del conocimiento al que él aspiró sólo puede  alcanzarse con la realización de la muerte y, por lo tanto, su obra, la Eneida, es incompleta y debe ser quemada como tal. Los amigos de toda la vida, que se dan cita para enterarse de su salud, al escuchar esto se alarman.
            En la tercera parte, se entabla el encuentro entre el César y el poeta. Es aquí donde el debate sobre el objeto de la poesía se contrapone con el poder del Estado y la obra de gobierno. Augusto sostiene que no hay menos conocimiento en gobernar que en toda manifestación artística. El contrapunto es indescriptible pues cada uno argumenta con razones y defiende denodadamente su punto de vista (aunque el César lo hace para evitar la quema de la Eneida, porque refleja la gloria del Imperio creado por él y, por ello –esgrime-, la obra ya no pertenece al autor sino a su pueblo).
            Por último, la entrada en la muerte, como si la vida que se apaga alcanzara la plenitud a medida que se despega; como si la última entrega de ésta fuera la verdadera razón para adquirir el más puro conocimiento, siendo su consecuencia lógica, sin solución de continuidad entre ambas, es de una belleza de tal magnitud que conmueve y emociona hasta las lágrimas. Esa vigilia final recuerda el “pianísimo” en que concluye la 9ª sinfonía de Mahler, donde el compositor imaginaba su propio ingreso en la muerte.
            Pero no es solo esto. En su interior hay otros tópicos. La reflexión sobre la necesidad de la belleza y del arte (y cuándo éstos se vacían de contenido); la discusión acerca del rol de la risa como oposición a la manifestación artística –tema central de “El nombre de la Rosa”, de U. Eco-; la necesidad de volver a las fuentes, donde la muerte es un elemento más para renacer (“en mi fin está mi principio” shakespeareano); la certeza de que todo tiene un ciclo que cumplir y que sólo puede superarse una vez cerrado el círculo al que se encuentra destinado (el eterno retorno de Elíade); y finalmente la disolución del lenguaje, porque cuando se accede al conocimiento absoluto, el lenguaje se torna innecesario, una limitación, un sin sentido (algo que asocio con la música del “Cuarteto para el Fin de los Tiempos”, de O. Messiaen), son sólo parte de los elementos incluidos, plenos de agudezas y poética.
            En suma, este libro, lleno de imágenes, escenas, reflexiones y evocaciones, ya comparte con “Los hermanos Karamazov”, de Dostoyevski y “Memorias de Adriano”, de Yourcenar, el ser uno de los tres mejores libros que leí en mi vida, lo que no es poco.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Versión Original 1. El arcoiris de gravedad, Thomas Pynchon


Tusquets, 2009


           Este nuevo segmento intenta rescatar del olvido trabajos anteriores, efectuados para un espacio de literatura que ha cambiado de manos y cuyos textos fueron mutilados sin mediar comunicación. Por ello, pensando en el aporte que podría hacerle a la actual comunidad de lectores que abreva en esta humilde página, decidí publicarlos nuevamente, en su versión original. Ellos irán apareciendo con cierta regularidad, acompañados de una escueta explicación, para que el texto pueda ser comprendido en el entorno en que fue escrito así como las referencias internas a las que se alude.
            En este caso, la reseña apareció en marzo de 2011 y la lectura se realizó durante mis vacaciones de ese año, en una localidad balnearia del sur de nuestro país. El párrafo inicial se refiere a la Feria del Libro de abril de 2010.
Luna casi llena y muelle al fondo, Puerto Madryn, Enero 2011, Provincia de Chubut, Argentina 
            Fuimos con mi “todo menos pareja” a la última Feria del Libro y, después de largos años de ausencia, al preguntar por él en el stand de la editorial, lo depositaron en mis manos, anunciándome que saldría a la venta en breve, pero que aun no se encontraba disponible. Ya no pertenecía a la vieja colección, provisto de una encuadernación mejor pero, al menos, volvería a estar en las góndolas y escaparates y, por supuesto, en Alejandría –mi biblioteca-.
La novela
            Este es un libro polifacético cuya lectura aborda diferentes planos. Ambientada a fines de la Segunda Guerra Mundial, las casi 1150 páginas de esta edición se dividen en cuatro partes asimétricas. La primera, “Más allá del punto cero” trata sobre un grupo de “paranormales” reunidos en Londres bajo una sección especial de los Aliados conocida como “La Visitación Blanca”, en la que se delinean algunos personajes importantes. Atravesado por una multitud de departamentos con siglas estrafalarias, allí se presentan Pointsman, el jefe del servicio; Mexico, un matemático estadista; Katje Borgesius, una agente holandesa y el protagonista principal, el teniente norteamericano Tyrone Slothrop, cuya principal cualidad es sufrir una erección cuando un cohete V-2 explota en las inmediaciones. Personajes trashumantes y funambulescos abundan en este entorno, en el que se discute acerca de los reflejos condicionados de Pavlov, entre otros.
            En su segunda parte, “Un Perm’ au Casino Hermann Goering”, Slothrop goza de un permiso de licencia del que disfruta en el sur de Francia. Pero lo destacable es que tiene una misión: hallar una pista que conduzca a un cohete desarrollado por los alemanes, con el nombre de A-4. Vigilado de cerca por quienes también van detrás de él, Slothrop debe sortear una serie de celadas con que intentan atraparlo, para seguir el derrotero de esa maravilla de la técnica. Ésta lo dirige hacia la zona de ocupación. Aquí también aparecen Tchitcherine, un traficante ruso, y su opositor y discípulo, Enzian, ambos partícipes del desarrollo del cohete, como también un técnico alemán Van Göll –apodado “Der Springer” (el caballo), dada su afición al ajedrez-.
            Ya desde el título, “En la Zona”, la tercera parte –la más voluminosa- nos indica el lugar en que se desencadenan los hechos. Es en esta región de dominio aliado, casi a las puertas de la rendición alemana, –en la que se trafican botines de guerra, informaciones y despojos varios- en la que más se detiene el relato y donde se expresa la mayor crudeza del final de la guerra. Es también en la que se van relacionando las historias personales de los personajes principales en pos de la trama, manteniendo el mismo objetivo de alcanzar el misterioso y venerado cohete.
            Finalmente, en “La fuerza contraria”, se halla un grupúsculo –la Comunidad del Cohete- cuya misión es ensamblar las partes y hacerlo volar. Aquí todo se resume en un Nosotros contra un Ellos imaginario. Pero la línea que separa a ambos opuestos no está nada definida, como tampoco lo está el futuro del elenco protagonista.
Pynchon y yo, habitantes únicos de la playa
Estructura interna
            No sólo está compuesto por varios hechos que se entretejen, sino que Pynchon utiliza digresiones para contarnos la historia de cada personaje que toma parte en la trama principal. Por otra parte, continuamente intercala sueños con vida real, creando una atmósfera incierta donde por momentos se desdibuja el relato y en el que se pierde el marco referencial.
            Para ello, se vale de múltiples efectos: la sordidez de los combatientes que se vuelven traficantes de drogas y adictos; la transcripción de cancioncillas para generar escenas propias de operetas o sketches; contrastes bizarros –como el grotesco de un “buque fiesta” en medio de una tierra arrasada- y un sinnúmero de partes donde conviven remedos de guiones cinematográficos, juegos de palabras, comentarios sobre música clásica, junto a descripciones técnicas minuciosas (la propulsión químico – mecánica del cohete es una joya). Además, apela a escenas netamente obscenas y sadomasoquistas en las que no se ahorran detalles, de manera de robustecer el entorno en el que se llevan a cabo las principales acciones.
            Es tan amplia y variada la gama de temas incluidos que requiere toda la concentración del lector para poder seguir con cierto éxito aquello que hace a la esencia del texto, y no perderse en imágenes accesorias. 
Pynchon junto a mis aperos de labranza, Puerto Madryn, Enero 2011, Argentina
Una somera interpretación personal
            Todo el libro resulta una gran parodia, una sátira, una burla descarnada a la versión oficial y televisiva de lo sucedido en la última gran Guerra del siglo XX y, por exacción, a todo enfrentamiento armado entre pueblos.
            En su contenido lleno de sarcasmos se desgranan la homosexualidad, el sadismo, la paranoia de los servicios de inteligencia, la adicción, las experiencias psicológicas con seres humanos en situaciones extremas –muy propias de Menghele-, el sistema de creencias religiosas, la deshumanización que provoca la guerra, entre otros tópicos.
            Un párrafo aparte merece la aparición de Squalidozzi, un personaje secundario que cuenta con un elemento distintivo: es un lobbysta argentino cuyo amigo de desventuras es Felipe con quien intenta robar un submarino. Lo remarcable es la descripción del peronismo de los años ’40, que mezcla con el Perón de la fecha en que fue escrito el libro (1973). La descripción de los pampeanos en medio de la tierra desolada es una caricatura muy bien trazada de nuestra idiosincrasia.
Últimas apreciaciones
            Cuando concluís su lectura te preguntás cómo pudo ser publicado semejante libro, que aborda la realidad de la Segunda Guerra con una mirada tan cínica y crítica. Pero, si mirás en su derredor encontrás los resabios del “flower power” de la guerra de Vietnam, unido al Mayo francés –cuyo lema, tan demodé hoy, era “la imaginación al poder”-, la Checoslovaquia del ’68 y todo ese movimiento músico – cultural denominado rock sinfónico que unía el virtuosismo de la ejecución de los instrumentos con una propuesta conceptual, donde cada obra estaba compuesta por un montón de temas –o quizás sólo un par, que podían durar todo la cara de un LP (Long Play)- que, en definitiva, daban vuelta sobre un mismo contenido y cuya herencia ha quedado plasmada en esa maravillosa frase “Papá, ¿qué mundo me dejás?”, acuñada en el célebre “The Wall”, de Pink Floyd. Es en ese contexto en que este libro cobra relieve.
            Debe haber habido una asociación subliminal, inconsciente, dentro de mi, pues durante su lectura, varias veces, me encontré escuchando esa pieza tan mastodóntica y pretenciosa del Génesis de Peter Gabriel, conocida como “El cordero se acuesta en Broadway” (1974), donde lo onírico se entremezcla con lo real. O se debe haber disparado algo cuando comencé a leerlo, al hallar en el Ecocentro de la ciudad de Puerto Madryn, en una sala dedicada a la fauna marina local, colgando en una pared, el CD –disponible para escuchar-  “Tales from Topographic Oceans”, de Yes, junto a su antiguo “cover” de vinilo. La mente, esa maga…

lunes, 17 de junio de 2013

Estéreo Transatlántico 1. Amores, aventuras e inconsciencia. El enamorado de la Osa Mayor, Sergiusz Piasecki



El Acantilado, 2006

           “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio. Me gustaban mis compañeros porque nunca me habían defraudado. Era gente sencilla, sin formación. Pero, a ratos, me dejaba boquiabierto lo extraordinarios que podían ser. Y, en aquellos momentos, le daba las gracias a la Naturaleza por haberme hecho un ser humano.”
            Este párrafo inicial del libro, leído en un santiamén, decidió mi elección por él. Podía no resultar interesante, mas comenzaba auspiciosamente y no dudé en llevarlo. Fue uno de los cinco títulos que le propuse a Norah Bennett, cuando aceptó mi sugerencia de realizar la experiencia de leer un mismo libro, a miles de kilómetros de distancia entre ambos, rescatando el espíritu de este blog, luego que Claudia Pérez decidiera abandonar el proyecto que ella misma había gestado junto a mi. Fue Norah, entonces, quien lo seleccionó de entre ellos, lo concluyó antes que yo y tuvo la amabilidad de esperarme sin enviarme más que una cuota de aliento, indicándome que había sido de su agrado.
             Ambientado en la frontera polaca de la URSS en los años veinte del siglo anterior, esta novela tiene mucho de relato de aventuras y, sin duda, compila material autobiográfico. Su autor, nacido en 1899, supo luchar contra las fuerzas rusas en la Gran Guerra, se convirtió en miembro del servicio secreto ruso, pasó a ser contrabandista y bandolero, siendo condenado finalmente a muerte. Al ser invadida Polonia por Alemania, se le conmutó la pena capital por prisión perpetua y allí se le perdió el rastro. Una vida vivida con tanta intensidad no podría dejar otro testimonio que este libro.
            Aquí se narra la historia de Wladek, su protagonista, quien no ha llegado a la veintena y se vuelve contrabandista en la frontera ruso – polaca. Los pormenores de su inicio en el ‘matuteo’, las peripecias de su quehacer y la vida pródiga e irreflexiva propias de la juventud alternan con sus aventuras contra los soldados rusos y las demás compañías de contrabandistas –lo que se inicia como un tránsito de ‘alijos’ (cargas de materias de contrabando, en el argot del mundillo) concluye como ‘mejicaneadas’ (robo de dichas mercancías a otras bandas de delincuentes, y posterior comercio). Pero el libro no es sólo una suma de acciones destinadas a birlar la ley sino también un reflejo de una vida forjada con ausencia de límites, sin otros respetos mayores que las lealtades que se exigen entre gente fuera de la ley, con sus aciertos y defecciones, tratando siempre de guardar las apariencias para mantener el buen nombre en la sociedad local y dentro del gremio.
            En un estilo coloquial y dinámico, dividido en tres partes de quince capítulos cada una, Piasecki se las ingenia para contarnos tres años de una vida emocionante y peligrosa a la vez, con altas y bajas, ganancias siderales y pérdidas irreparables. Hacia el final, el libro toma un sesgo más emotivo y melancólico, propio de aquel que recuerda con nostalgia y añoranza a los amigos que ya no están, las relaciones humanas y el contacto con el aire libre y el cielo, que tantas veces le ha sido el único amigo a quien confiarse, justamente cuando el autor –protagonista en primera persona- se encuentra escribiéndolo privado de su libertad.
            Por lo demás, se lee fácilmente, con elementos que recuerdan las andanzas de Sandokan o de los personajes de Dumas; el libro abunda en fábulas y relatos cortos y ofrece una semblanza de la Polonia fronteriza tras la asunción bolchevique, volviéndose un testimonio literario de la época. Entretenido, se adecua bien para ser alternado con lecturas más profundas.
Marcelo Zuccotti

sábado, 4 de agosto de 2012

Relatos del sinsentido. Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, Bohumil Hrabal


El Aleph, 2006

            Emblemático y trascendente. Este libro es una colección de siete relatos en los que Hrabal, un eximio observador de la realidad checa, construye sendas historias cargadas de imaginación, ironía, sarcasmos y humor, utilizando como elementos disparadores el absurdo y sinsentido de la vida cotidiana.
            En ‘Kafkiana’ entreteje la locura y la cordura del protagonista a través de la superposición de imágenes diarias, sin nexo alguno entre sí, como disrupciones que denotan una esquizofrenia avanzada. Una burla ácida acerca del régimen comunista de posguerra en Checoslovaquia, donde el encargado de la grúa de una acería es un ex - asesor jurídico, y en el que un decreto que hace a los operarios aumentar la producción, deviene en una huelga ‘hasta esperar que el enlace’ explique el por qué, es el tema de ‘Qué gente tan rara’.
            Un guardia-cárcel que, sin dejar su marcialidad en medio de un reciclado de chatarra, se vuelve flexible con el reglamento, permitiendo el acercamiento entre prisioneras y prisioneros es el núcleo narrativo de ‘El ángel’. Una alegoría establecida entre una joven condenada, su violación y la argamasa que devuelve la fusión de los hornos Martin respecto de toda la escoria y desecho de posguerra, se encuentra en ‘Lingote y lingotes’. Particularmente interesante es la visión de Hrabal sobre el ‘reciclado’ de todo aquello que se considera obsoleto –incluyendo los seres humanos, insertos en una nueva realidad-.
            Un artista trashumante y funambulesco que intenta competir para ganar un premio oficial –y repite uno de los dos motivos más representados por los concursantes-, con la ayuda de un Voluntario Civil –magnífica imagen del clásico ‘soplón’ del sistema- es parte de ‘La traición de los espejos’. ‘Hermosa Poldi’ es un relato de la acería en la que se consume la vida de aquellos que se ven forzados al ‘trabajo voluntario’ –otro eufemismo para denotar la disidencia- de más de cien días, con sus rarezas y miserias.
            Finalmente, lo más destacado resulta ‘El tambor roto’, un cuento fantástico cuyo protagonista es un acomodador obsesivo, fanático del orden, al que la disputa entre música culta y popular termina por hacerlo partícipe en una gresca de proporciones; un grotesco inimaginable que captura la atención del lector, poniendo de relieve el más absoluto sinsentido, que atraviesa a todos y a cada uno de los relatos presentes en este volumen.
            El libro resulta entretenido, fluido y ameno, con escenas imperdibles y propuestas a más que inverosímiles en medio del contenido. Esa casa donde Hrabal ya no quiere vivir, es la Checoslovaquia del comunismo, de la irracionalidad, del totalitarismo. El retrato de la opresión, la censura de posguerra, el intento de recuperación económica y las ilusiones muertas de toda una generación son parte de él y convierte al texto en una mirada cáustica y desesperanzada.
 Marcelo Zuccotti

viernes, 13 de julio de 2012

El precio de una pasión no correspondida. La balada del Café Triste, Carson McCullers

            

             
            Este trabajo es parte de una colección de obras de McCullers que la casa editora Seix Barral compiló en el 2008 bajo el título “El aliento del cielo”, tomándolo de su relato homónimo. La misma no sólo comprende los cuentos completos y sus tres novelas breves, una de las cuales reseñamos en esta ocasión, sino también viene acompañada de un prólogo y comentarios del escritor Rodrigo Fresán a propósito de la obra.
            Ambientada en el típico sur norteamericano, en un pueblo en el que solo existe una fábrica de hilados de algodón y granjas a su alrededor, ésta es la historia de Miss Amelia Evans, una mujerona de más de metro ochenta de estatura y musculatura masculina que ha heredado de su padre una casa que, antiguamente, solía ser un almacén. Miss Amelia prospera con las ganancias del comercio y con las que le propina una destilería clandestina en las afueras del pueblo donde elabora el mejor whisky de la región. Una mujer solitaria y trabajadora, para quien el amor de pareja nunca ha sido de su interés, no obstante haber estado casada por espacio de diez días cuando joven.
            La llegada de un jorobado que aduce ser su primo, y la compañía que le proporciona a Miss Amelia, va cambiando la fisonomía del lugar, hasta convertir al viejo almacén en un café, único lugar de reunión al que asiste la mayoría del pueblo.
            Narrado en tercera persona, se nos hacen conocer los detalles de la boda, el por qué del desencuentro y el desenlace final, con las consecuencias nefastas sobre Miss Amelia y el café.
            Yendo al texto, McCullers construye un relato en base a una observación minuciosa del entorno sureño, con sus chismes, idiosincrasia y fantasías colectivas, donde abundan múltiples elementos secundarios que sostienen esta historia de amores no correspondidos. Porque Miss Amelia se enamora de su primo Lymon –razón por la que se dulcifica su vida de sociedad- y a éste sólo le interesa sí mismo y los beneficios que le reporta estar junto a su acaudalada prima. Pero también –y más precisamente- es el amor no correspondido de Marvin Macy, el esposo capaz de caer en la ignominia y jurar venganza al marcharse, debido a los desplantes y el desprecio de que es objeto por parte de Miss Amelia.
            Hay una página que la autora ha decidido incorporar, que nos aporta su propia visión del amor. En ella, habla del amado y del amante.
“En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Hay el amante y hay el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se de cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario.”
            Éste es un texto en el que todo el universo de McCullers se despliega ante nosotros. Desde un narrador inasible que describe el entorno y los hechos con equilibrio entre nitidez y displicencia, pasando por un dominio de la esfera comunitaria sobre la esfera personal donde el cotilleo se vuelve relevante, y concluyendo con una pelea que alcanza ribetes de grotesca aunque alegórica, sin dejar de lado los mecanismos que la autora supone acerca del amor y de la correspondencia o no, el conjunto de escenas que se representan están elaboradas con las sutilezas que aporta una mirada algo irónica y cansina, resumiendo una visión melancólica y decadente de la vida pueblerina.
            Con un estilo ameno, fluido y entretenido, resulta una recomendable primera aproximación para descubrir la literatura de McCullers.
Marcelo Zuccotti