Anagrama, 2009
Leí que causaba sensación en Alemania. Su autora, de origen inglés, había publicado una novela que había sido el mayor éxito de ventas en el país teutón y, junto a una aparición que tuvo que ver con motivo del cuidado del medio ambiente –ofreciéndose sexualmente al primer ministro alemán-, logró trascender las orillas europeas y su obra llegar a mi mano.
La historia de Helen Memel, una adolescente de dieciocho años de edad, internada en un sanatorio debido a una cirugía de ano –pues se lo ha rasgado intentando depilarse-, junto a la afección de almorranas –hemorroides- dan origen a un relato con fuerte tinte sexual, con situaciones y narraciones que alternan entre lo procaz, lo promiscuo y lo pornográfico.
Helen es una pendeja agrandada, que sufre inconmensurablemente el divorcio de los padres y el hecho de que cada uno de ellos haya rehecho su vida sentimental. Pero lo que más sufre es haber dejado de ser el centro del universo de ellos –que, por otra parte, casi ni la registran-. Sin la asistencia de amigas ni nadie que la conozca, se enfrasca en cualquier acción –incluso, contra sí misma- que le permita alargar su estancia en el sanatorio donde se encuentra, de manera de tener siempre la posibilidad de reunir a sus progenitores para reconciliarlos.
Haciendo uso de cualquier clase de mentiras, nos enteramos que se esterilizó, que no hace óbice a ninguna circunstancia que le brinde sexo; que no es higiénica; que su dilatada experiencia sexual la ha vuelto bizarra y descreída y que no escatima ningún esfuerzo personal para alcanzar sus objetivos.
Yendo al análisis, sólo es una novela que intenta provocar al lector y ganar una buena suma con el negocio editorial. No la creo capaz de aumentar las secreciones vaginales de las mujeres que la lean, ni las erecciones del género masculino. Más bien está destinada a pasar sin pena ni gloria por el universo de la ficción.
Charlotte, el que uses una serie de eufemismos para significar la vagina y sus considerandos –coño, chochito, esmegma-, así como un sinnúmero de alusiones al sexo anal y oral –‘churro con chocolate’, ‘coliflor’, etc.- no despiertan en este lector más que bronca. Si acudís a estos términos, y tu protagonista hace todo lo contrario de aquello que las reglas básicas de vivir en sociedad impone a cada ciudadano, para parecer transgresora, no te has percatado que el texto se vuelve guarro y sin sentido. ¿Para qué leer este libro? ¿Qué nos ha de dejar al concluirlo? NADA, absolutamente nada. Siento que he perdido el tiempo que he dispuesto en leerte, que podría haber sido destinado a algo más significativo.