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jueves, 11 de enero de 2024

Estados de conciencia. El libro de los susurros, Varujan Vosganian

 

Pre-Textos, 2011

I.

               Lo apunté tras una entusiasta reseña aparecida hace una docena de años; mas la decisión de adquirirlo se debió a otros factores coadyuvantes. Primero, el haber tomado conciencia que antes del Holocausto judío fue el genocidio armenio –una militante, alumna de un colegio de la colectividad, solía pegar stickers recordatorios en el ómnibus en que viajábamos cuando se acercaba su conmemoración-. Finalmente, pensé en un tributo a la familia Kendikian, quienes dieron trabajo a mi madre en épocas difíciles y a quienes les he cobrado enorme cariño.

II.

                Es un libro magnífico, de cabo a rabo. El narrador –imagino que el propio escritor-, comienza a desgranar gran parte de su biografía personal, a partir de la historia de sus abuelos –materno y paterno-, intentando acumular toda la información que, entre reuniones familiares, sociales y políticas, le han legado a través de testimonios ad hoc. Es ese pequeño –hoy adulto- el que transmite los avatares del pueblo armenio, radicado en varios pueblos rumanos tras ser perseguidos, con sus esperanzas y flaquezas, en aras de recuperar aquella tierra prometida, después de pasar de mano en mano en la repartija de territorios tras el fin de la Segunda Guerra.

III.

               Pero Vosganian algo nos lega en su narración: es la conciencia de cuán importante es el recuerdo personal y colectivo, para que todos aquellos que fueron parte de nuestro acervo cultural, familiar y de representación étnica no caigan en el olvido. En ese aspecto, nos compromete a ser memoria de los que no están. En la medida en que los recordemos, no habrán sufrido el escarnio, muerto en vano ni ser olvidados. Cuando el poder nos domina y oprime, sólo nos queda expresarnos mediante susurros.

IV.

                Lo maravilloso del texto es que no intenta ser una diatriba ni denuncia alguna sobre ese genocidio que tuvo lugar entre 1915 y 1923, donde un millón de armenios perdieron la vida. No se regodea en ese horroroso pasado, sino que tiende a contarnos con equilibrio -¿y compasión?- sobre los hechos, al estilo de crónica; sin hacer juicio de valor. Particularmente, el capítulo 8 se vuelve tan crudo como esclarecedor.

V.

               Con un estilo ameno, cotidiano, coloquial en grado sumo e intención de confiarle al lector una historia que tiene mucho de confesión y memoria colectiva, Vosganian expresa una serie de estados de conciencia, que no son otra cosa que un esfuerzo magno de reunir en un solo texto gran parte de la historia del pueblo armenio durante el pasado siglo. Me ha agradado sobremanera, por lo que ha sido incluido entre mis diez mejores lecturas del año. Si no sabéis nada acerca del pueblo armenio, éste debiera ser el libro a visitar.