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sábado, 6 de enero de 2024

Migrantes bengalíes. Tierra desacostumbrada, Jhumpa Lahiri

Salamandra, 2010
 

I.

               Me subí a un vuelo de cabotaje en abril de 2014. Era al alba y me costaba coordinar. Cuando me desmayé sobre la butaca de la cabina e intenté reclinar mi cabeza noté que mi vecina, al otro lado del pasillo, sacaba un libro y comenzaba a leer. La versión de este libro estaba en inglés y recordé otra imagen: la de una lectora transatlántica arrojando –literalmente- por la ventana un título previo de esta autora. Apenas regresé me hice de él y, tras nueve años de espera, aquí está.

II.

                Este libro cuenta con dos partes bien definidas. En la primera, se reúnen cinco relatos sin conexión entre sí; en la segunda, se narra en tres capítulos la historia de dos jóvenes que se conocen desde niños, la vida los separa y después de mucho se vuelven a encontrar ya adultos, en tierra extraña. En todos los textos, uno o varios personajes principales son de origen indio.

III.

               Así, la visita de un padre viudo a su hija nuevamente embarazada y sin ejercer su profesión; la presencia de un joven desgarbado y becario en la vida de una mujer casada; el pasado no expuesto que surge al asistir a la boda de una amiga; la bondad de una hermana que intenta rescatar del alcohol a su hermano y un compañero de habitación que recibe un llamado para su amiga india de parte de la otra pareja de su pretendiente, son los temas que aborda Lahiri en la primera mitad. En la segunda, pareciera algo habitual que bengalíes de vida acomodada se reúnan en el extranjero y una vez establecidos deseen armar una familia, con fortuna dispar.

IV.

                Los relatos, sin embargo, más allá de la trama, permiten entrever cómo se adaptan los migrantes bengalíes a sus lugares de recepción, cómo intentan sostener ciertas costumbres adquiridas en la infancia sin por ello perder independencia en sus decisiones y tratando siempre de mantener el delicado equilibrio que implica aprovechar las ventajas que se les ofrece en sus destinos, sin renunciar del todo a la aferrada identidad que los une a sus familias de origen. En ese aspecto, el texto exhibe las obligaciones que responden a mandatos tradicionales –la responsabilidad entre hermanos, los matrimonios acordados entre clanes, etc.- y las peripecias del diario vivir bajo otros hábitos.

V.

               Con una prosa fluida y amena, Lahiri maneja con solvencia diálogos interesantes y numerosos silencios que ocultan hechos y pensamientos no expresados –para no generar polémicas-, en aras de guardar las formas. Las diferencias generacionales entre bengalíes, y sociales con el resto del mundo están bien retratadas en este libro que compila el acontecer de aquellos que viven fuera de la India –y pueden costearse un estudio superior-. En suma, una propuesta interesante, que parece reflejar la vida de los jóvenes indios en el exterior.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Herencia de sangre. El buen nombre, Jhumpa Lahiri


Emecé, 2005


       Viajaba en avión el pasado abril en un vuelo de cabotaje y, como habitualmente, tomé un lugar sobre el pasillo. Del otro lado del mismo una joven leía un libro de esta autora en su versión inglesa. Recordé que tenía este título y decidí incorporarlo a mis lecturas del año en curso. Me pareció oportuno intercalarlo entre otras lecturas que requieren más concentración.

          Es la historia de la familia Ganguli, desde que arreglan su ‘noviazgo’ en Calcuta y emigran a Estados Unidos para que Ashoke pueda continuar estudios gracias a una beca en Cambridge. Pero el gran protagonista de la novela es su hijo Gógol, quien recibe ese nombre debido a un hecho que cambió la vida de su padre, mientras leía un libro del famoso escritor ruso.

          Narrado en tercera persona, la novela relata los acontecimientos más sobresalientes de esta familia india desde 1968, fecha del nacimiento de Gógol, hasta final de siglo XX, con la boda próxima de su hijo Ben. El título hace alusión a que los indios tienen un nombre –una suerte de alias o apodo- con el que se llama al recién nacido hasta que, pasados los días, se defina el ‘buen nombre’, aquel con el que se lo conocerá en el mundo; algo posible en Oriente pero no en Occidente. El planteo inicial tiene que ver con una circunstancia equívoca: ¿qué pasaría si el apodo se convierte en el buen nombre?

       Lo que rescato de este libro es el testimonio del desarraigo, la adaptación que todo inmigrante debe asumir al radicarse en una tierra cuyos hábitos y formas de vida nada tienen que ver con las de origen; la necesidad imperiosa de mantener un canal de comunicación con las costumbres con las que hemos nacido, sin perder de vista la realidad en medio de la cual nos debemos mover y, fundamentalmente, el problema del hijo del inmigrante, que se debate entre ser parte del país al que pertenece sin poder dejar de comulgar con la historia familiar por sentido de pertenencia.

    Un libro ameno, fluido y coloquial, con una serie de cuestionamientos sociales y cierta evolución previsible, que permite una evaluación acerca de las perspectivas de la inmigración. Siendo esta tierra en la que vivo un crisol donde se han fundido diversos orígenes, no puedo eludir la reflexión de cuánto esfuerzo ha demandado abandonar los mandatos de nuestras raíces para alcanzar una identidad propia. Más allá de las distancias, sirva el libro de Lahiri, entonces, como puente entre culturas.