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jueves, 19 de octubre de 2017

La Rusia que viene. El día del opríchnik, Vladimir Sorokin


Alfaguara, 2008

           Tanta literatura rusa de los siglos XIX y XX parece no haber dejado resquicio para otros escritos más contemporáneos. Sin embargo, una generación de jóvenes literatos se ha encargado de mostrar su propia visión acerca del futuro que aguarda a Rusia, a partir de la perestroika y la caída del Muro. Parece oportuno, entonces, rescatar una de las voces disonantes en el estanque en que parece haberse sumergido la Rusia de Vladimir Putin.

            Nos encontramos en los alrededores de Moscú en 2027 y habremos de transitar un día en la vida de Andréy Danílovich Komyaga, un opríchnik –algo así como un guardia imperial- del Soberano que rige los destinos y la vida de la Nueva Rusia –desde 2011, detalle no pequeño-. Para colmo, nos toca seguirlo en un día muy atareado: comienza con la ejecución por la horca de un noble caído en desgracia –al que se despoja de todos los bienes, que pasan a manos de sus ejecutantes-; continúa con un soborno para salvar la vida de una artista -que concluye en una reunión con el fruto del soborno junto a los demás opríchniks-; un viaje para mantener los beneficios del contrabando en la frontera china; la visita a una vidente por un motivo amoroso de la Soberana y el baño del final del día junto a Padre, jefe de los opríchniks.

            Narrada por el propio protagonista, esta ucronía resulta desopilante y provocativa. Tomando el término ‘opríchnik’ del oficial del cuerpo represivo al servicio de Iván el Terrible en el siglo XVI, Sorokin construye una ficción que aúna elementos medievales con tecnología de vanguardia. Para ello se vale del grotesco en estado puro: la vidente alimenta su fogón con libros de autores rusos; minúsculos peces que viajan en sangre poseen poder alucinógeno; la Soberana es ninfómana, entre otros.

            Así, Sorokin aprovecha cada una de las escenas para hacer gala de un humor irreverente, lleno de sarcasmos y burlas a un autoritarismo corrupto y decadente, utilizándolo como crítica a una Rusia aislada de Occidente –se ha construido una Gran Muralla a su alrededor-, que ha sido invadida por productos de origen chino y cuyo gobierno se sostiene en el poder gracias a una hermandad inescrupulosa y violenta.

            De estilo directo, su lectura es amena y muy entretenida, con un final apoteótico e imperdible. Pero más allá de las sonrisas y carcajadas que pueda arrancar el texto, subyace una mirada amarga y descreída de las reales posibilidades del pueblo ruso de emanciparse de sus dominadores. Un libro que combina diversión y desencanto, con resabio agridulce.