Tenemos las Máquinas, 2019
‘Habían pasado tantos años
desde la última cita que ya me consideraba una fundamentalista de la
imposibilidad’.
I.
Un suplemento cultural dominical lo
puso en el tapete. Su autora estaba haciendo sus primeras armas, al igual que
la novel casa editora local que se lanzó al ruedo hace relativamente poco. La
combinación llamó mi atención, por más que la reseña de marras hablaba de un
cliché. Era accesible y, además, breve; fuertes razones, junto con la
curiosidad, para leerlo.
II.
Ruth es una periodista judía en la
treintena que vive sola, pero a quien la soledad ya le pesa. Ha buscado afanosamente
el amor pero no ha sabido encontrarlo o, al menos, reconocerlo. Félix, un viejo
amigo es ahora quien se ha convertido en una suerte de amigovio, pero la falta de continuidad en la relación -con
ausencias notorias- ponen a la protagonista en un devaneo continuo acerca de si
es que son los demás los que no quieren compromisos, o es ella la que los expulsa
con sus actitudes.
III.
Para colmo, no puede fiarse de sus
amigas, a quienes confía los detalles de lo que le sucede, puesto que son de
la idea de que ella es la responsable de sabotearse a sí misma. Entonces, entre
cuestionamientos propios –del tipo ‘¿qué estoy haciendo mal?’- o analizar hasta
el cansancio los hechos y las palabras intentando encontrar signos ocultos que
no siempre están allí donde cree, Ruth se debate entre deseos insatisfechos,
miedos de equivocarse en los gestos y la espera frustrante de ser elegida por
alguien. Cada mínimo acierto lo vive como un triunfo pasajero, con la fugacidad
de lo efímero, de lo que no se ha de repetir –de allí el título-.
IV.
Narrada en primera persona, con una
prosa algo artificial, reflexiones graciosas y escenas tragicómicas, Dorfman
elabora un modelo de autoficción, de
lo que hoy llamamos literatura del yo,
destinado a exponer toda gama de desencuentros -que denotan sendas inseguridades-
en pos de hallar un amor que nos colme. Un fresco ejemplo de chick lit.
