Random House, 2015
I.
No había en la Red opiniones más
encontradas acerca de este título, galardonado con el prestigioso Premio
Goncourt en 2012. Hubo quienes ponderaban los vínculos que conducen la narración
y su prosa; otros, en cambio, lo tildaban de pretencioso, soez e irrelevante.
En el ámbito local, había pasado sin pena ni gloria y sólo pude hacerme de un
ejemplar a través del canal de libros usados –o caídos en desgracia-. La buena
experiencia previa con el autor potenció su lectura.
II.
La
novela es una historia familiar que comienza con la sensación de ausencia para
el abuelo Marcel Antonetti al mirar una fotografía de 1918 en la que se reúnen
su abuela, sus tíos y su madre -con cuatro años de edad, a la sazón-. Él mismo
ha engendrado a Jacques, quien ha tenido la valentía de casarse con su prima
hermana, Claudie, de la que descienden Aurélie y su hermano Matthieu, uno de
los protagonistas. El otro es Libero Pintus, su amigo de la infancia y
compañero de andanzas.
III.
Ambientada
en Francia, ambos amigos crecen, se gradúan en su Córcega natal y deciden
proseguir estudios universitarios de Filosofía en París. Pero al poco, algo
desilusionados, los abandonan en aras de una aventura: el bar del pueblo de
origen se ha quedado sin administrador y, después de varios intentos fallidos,
su propietaria está dispuesta a ofrecerles la ocasión de gestionarlo.
IV.
La
evolución de la trama guarda cierta semejanza con la de los imperios, que nacen
para derrumbarse al tiempo. No obstante, Ferrari nos detalla el apogeo del bar
y de sus camareras y cómo todo se va corrompiendo de a poco hasta un desenlace
previsible. El lector asiste como mudo testigo a esa procesión degenerativa,
donde los bajos instintos y la brutalidad van ocupando mayor espacio a medida
que la rutina y la necesidad invaden la esfera de aquél prístino proyecto.
V.
En
un estilo coloquial, sin eludir enfrentamientos familiares, una mirada sobre
las ex colonias africanas y descripciones de una colección de escenas sexuales
–que bien se podrían haber minimizado-, Ferrari nos habla sobre la precariedad
de la vida humana, en la que el éxito –si hubiera alguno- solo es efímero. El
capítulo final, donde deja a San Agustín la palabra ante el pueblo de Hipona,
quien intenta apaciguar las angustias generadas por la caída de Roma, es solo
una apostilla válida para cerrar un relato tan reflexivo como ambicioso.
