I.
Los primeros comentarios acerca de
este libro –ganador del Premio Pulitzer ese año-, sonaban muy bien, pese al
recelo que siempre despierta un volumen de más de mil páginas, aun con un
interlineado generoso y una letra bastante mayor que la habitual. Fue por aquéllos
que me hice del ejemplar y no lo habría encarado si otra lectora de mi entorno
no lo hubiera propuesto como lectura a compartir para el inicio de año. Poco
antes de empezar, ella reculó y me dejó solo.
II.
La novela comienza con Theo Decker encerrado
en un hotel de Ámsterdam, sin el abrigo necesario y con recursos que se agotan,
en una incierta espera. Han pasado diez años desde que vivía junto a su madre
en la ciudad de Nueva York. Su padre se había
dado a la fuga tiempo atrás y ambos debían presentarse una mañana lluviosa en
el colegio donde tomaba clases, porque había sido inculpado de un hecho que obligaba
a una sanción disciplinaria. Antes de ello, la madre decidió pasar a comprar un
regalo por el Museo Metropolitano y, de paso, visitar una muestra de pinturas,
entre las que se encontraba El jilguero,
de Carel Fabritius. Una explosión brutal, fruto de un atentado, llevó a Theo a intercambiar
breves palabras –y un anillo- con un moribundo y en un arranque pueril, a tomar
el cuadro y salir con él. Al poco, sabrá que su madre también ha muerto.
III.
Huérfano, con trece años de edad, el
Servicio de Asistencia a Menores lo dejará en custodia en casa de una acomodada
familia amiga, hasta tanto se hagan cargo de él su abuelo paterno o su padre
reclame el ejercicio de su potestad. El tiempo corre, hasta que un día Theo
decide descubrir a quién pertenecía el anillo. Esto lo conduce a un anticuario,
restaurador de muebles, socio de quien se lo legara. A partir de allí, la
historia transcurre de manera trepidante. Primero, al tener que irse con su
padre a Las Vegas, donde conocerá a su amigo Boris; años después, al regresar a
Nueva York –tras la muerte de aquél- y aprender el oficio que el orfebre
anticuario realiza para sobrevivir. Siempre en sobresalto, junto al lienzo
robado que le acompaña.
IV.
El consumo de drogas y los excesos son parte del aprendizaje de Theo junto a Boris, forjando una amistad a prueba de balas. Hasta la aparición de alguien que deduce su pillaje y la promesa de una historia de amor, sirven para mantener la tensión. Pero llegando al último tercio, una traición que deviene en intriga, el oportuno noviazgo con la hermana de su amigo extinto y otros golpes de efecto van convirtiendo una historia interesante en un culebrón inverosímil y sin sustancia. Toda una persecución trivial alrededor del cuadro que se resuelve de manera cursi y elemental. Lo único salvable es el capítulo final del libro, que no puede por sí solo rescatarlo del naufragio. Coloquial y fluido, podría ser una opción de lectura en vacaciones, si no obrara en su contra el tamaño del volumen y el desenlace intrascendente. Existe realización cinematográfica en base a esta novela.