Anagrama, 1991
‘Terrible dogo de mi
infancia… Tú estás solo, no tienes iglesias, a ti no te ofician misas
conjuntamente. Con tu nombre no bendicen la unión carnal, ni la interesada. Tu imagen
no está en las salas de justicia, en donde la indiferencia juzga a la pasión,
la saciedad al hambre, la salud a la enfermedad: siempre la misma indiferencia
a todos los aspectos de la pasión, siempre la misma saciedad a todas las
variedades del hambre, siempre la misma salud a todos los géneros de la
enfermedad, siempre el mismo bienestar a todas las especies de infortunio. A ti
no te besan sobre la cruz del juramento forzado y el falso testimonio. No es tu
imagen, bajo la forma de un crucifijo, la que toma el sacerdote –servidor y
cómplice del Estado asesino- para tapar la boca de su víctima. Tu nombre no
sirve para bendecir las batallas ni las matanzas. Tú en las dependencias del Estado no estás. Ni en las iglesias, ni en los juzgados, ni en las escuelas,
ni en los cuarteles, ni en las prisiones; allí, donde está el derecho, tú no
estás; donde hay multitud, no estás tú. Tampoco estás en las célebres ‘misas
negras’, esas reuniones privilegiadas en donde la gente comete tonterías;
adorarte en conjunto a ti, cuyo primer y último orgullo es la soledad. Si se
trata de buscarte, hay que hacerlo en las celdas incomunicadas de la Rebelión y
en las buhardillas de la Poesía Lírica. De ti, que eres el mal, la sociedad no ha abusado.’
I.
Era injusto dejar fuera a semejante
poeta en mi Año Ruso, pero no disponía más que de la versión digital de esta
obra, completamente agotada en papel en mi derredor. Por este espacio han
circulado Mandelstam y Ajmátova, compañeros suyos en años de desgracia y aislamiento.
De ninguneo por parte del oficialismo
stalinista. De condenación, ostracismo y extrema pobreza. Menos mal que se me
ocurrió leerlo; junto a Coetzee, estará entre lo mejor del año.
II.
Tsvietáieva nos transporta a su
infancia, poco antes del cambio al siglo XX, cuando contaba con seis años. Hija
mayor de un segundo matrimonio de su viudo padre -Iván, responsable de erigir
el Museo Pushkin-, nos pone al corriente de su fracaso como pianista –para
desagrado de su madre, María Mein-, de las pullas con su hermana menor
(Anast)Asia y su relación con sus hermanastros mayores, Valeria y Andréi, hijos
de Varvara Ilovskaia.
La versión digital, con fondo rojo soviético
III.
El libro se compone de cinco relatos
escritos entre 1933 y 1935 donde repasa sus miedos y fobias; los amores de
fantasía; la influencia que sus primos ejercieron sobre ella; la forma de vida
del próspero Moscú en tiempos de los Romanov y el consecuente contraste con la
revolución de Octubre, entre otros. Cada uno de ellos es un cuadro viviente de
un período biográfico.
IV.
En estilo narrativo sucinto y
directo, aprovechando la ocasión que brinda el relato infantil, Tsvietáieva nos
comparte sus alegrías y pesares, la tristeza que engendra la nostalgia de un
tiempo ido maravilloso, a sabiendas que no ha de volver, no sólo porque ya es
adulta sino porque los cambios sociales suscitados tras la Revolución y el
ascenso de Stalin impiden recobrar algo de aquel Paraíso del que fuera
despojada. Una belleza de libro, indispensable para todo buen lector.
