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miércoles, 4 de octubre de 2017

Confidencias pueblerinas. Winesburg, Ohio, Sherwood Anderson


Acantilado, 2009

         Lo llevé porque Anderson es considerado uno de los precursores de la literatura de Faulkner, lo que no es poco decir. Dos ediciones distintas pugnaban en paralelo por acompañarme; la fortuna recayó en ésta de Acantilado por ser más cuidada –aunque gracias a ello, mucho más onerosa-.

            Winesburg es un pueblo –imaginario- en el que Anderson ubica a sus personajes para desarrollar una serie de relatos cuyo único eslabón parece ser el joven reportero del periódico local, George Willard quien, por ser protagonista activo o tácito, es el referente de cada uno de ellos. Pero él no es el núcleo de los mismos, por más que lo incluyan de algún modo. El autor se las ingenia para desarrollar distintos personajes –que responden a sendos estereotipos- tomando como base a un joven introvertido, tímido, de bajo perfil pero buen compañero y amigo, capaz de relacionarse afectuosamente con el entorno social, dispuesto siempre a empatizar con sus circunstanciales interlocutores, tratando de aprender de ellos lo que tengan de bueno, de mejor.

            Lo acompañan un puñado de personajes dignos de una galería de cuadros: un padre que ansía el triunfo de su hijo, a pesar de ser él mismo un fracasado; una madre que proyecta en George todas aquellas cosas que ella relegó con el matrimonio; una empleada del padre con quien se inicia sexualmente; una relación de amistad con la joven bonita del pueblo -que Willard no profundiza-; un médico que teoriza sobre posibles cursos de acción periodística; el sempiterno fanático religioso; la maestra que alienta el talento de su pupilo, y una gama de sueños, anhelos y esperanzas, fragmentos de la vida de una comunidad en la que todos se conocen.

          Cada historia está narrada con esmero desde los detalles y la atmósfera que las rodea fortalece las acciones. El conjunto compone una soberbia descripción de situaciones propias de la vida en un pueblo, en la que la totalidad de sus miembros intentan sustraerse a las miradas ajenas toda vez que pueden.

         Con un estilo ameno y coloquial, Anderson entrelaza a través de un narrador omnisciente una suerte de susurros, de confidencias a media voz en las que logra que el lector se involucre; no sólo sea un testigo ocasional. Destaco la construcción psicológica de los personajes, el ritmo narrativo y muchas de las escenas, que alternan distintas emociones. Un libro relativamente breve que deleita y fluye rápidamente dejando materia para la reflexión. Un grato descubrimiento al que coloco entre lo mejor que he leído este año. Para no dejar pasar.