I.
Hasta el momento, nunca se me
había ocurrido leer teatro y mucho
menos abordar alguna obra del Bardo inglés. En lo general, considero que ya hay
demasiado escrito, desde conspicuas reseñas hasta sesudos análisis de su obra y
no me creo en situación de aportar nada nuevo; en lo personal, el teatro me
gusta actuarlo, no leerlo –salvo que
sea necesario para lo anterior-; tal es mi naturaleza de docente irredento.
II.
Mas se combinaron gratamente una serie de solidaridades misteriosas para que así
fuera. Una amiga docente decidió invitarnos a un taller que desarrollaría sobre
esta tragedia, puesto que era su intención concluir aquél con la asistencia a
una exitosa obra teatral unipersonal –aun en cartel-, donde el actor interpreta
todos los personajes. Como yo guardaba en mi haber el título de marras, me
pareció buena ocasión para darle curso. Lo que sigue, sólo intenta ser el
resumen de algunas preguntas y reflexiones tras su lectura.
III.
Indudablemente, el texto obliga a
meditar sobre el tema del poder, que
no se reduce a los medios para su conquista y su consecuente ejercicio, sino
también a la ambición de poder que, casi
siempre, es más notoria en aquellos que saben que no se podrán alzar con él, pero
impulsan a quienes sí tienen chances de lograrlo. En ese aspecto, esa decidida
voluntad de apropiárselo y ejercerlo en plenitud es la responsable del
aislamiento último al que conduce a su portador, cuando éste, ya enfermo de
poder, se vuelve un déspota absoluto.
IV.
No es menor la carga moral que la obra incluye, interpelando al lector/ espectador si es
lícito acceder al poder valiéndose de medios abominables, aun cuando los fines pudieran
ser loables –lo que no es el caso aquí-. ¿El fin justifica los medios?, ¿cuándo
y cómo se inicia la corrupción moral?, ¿con qué elementos éticos le podemos
hacer frente, cuando la pulsión del instinto nos pone al borde del abismo?, son
algunas cuestiones que dispara el accionar de la pareja protagonista.
V.
Finalmente, tampoco hay que
eludir la interpretación de los signos.
Es cierto que los oráculos generalmente no son demasiado precisos a la hora de
agorar el futuro, pero lo que colegimos de sus asertos está más en consonancia
con nosotros que con su verdadero significado, pues la naturaleza humana es
propensa a interpretarlos como más conviene a nuestros deseos y, la más de las
veces, genera conflictos que pueden derivar en dramas como el presente.
En suma, una obra que no deja de plantear temas universales atemporales, que atraviesan todas las épocas y sociedades. La combinación de lectura y teatro se ha disfrutado mucho.
