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domingo, 14 de septiembre de 2014

Estética del horror. Estrella distante, Roberto Bolaño


Anagrama, 2012

          La primera versión de este libro me llegó vía correo electrónico, como respuesta a la pregunta que le formulara a Francesc Bon respecto de dónde comenzar con Bolaño; justamente a él, fanático de sus letras. No me alcanzó con la gentileza virtual del devoto seguidor; si bien inicié su lectura a través de la pantalla, quise hacerme de un ejemplar para que me acompañara en mi diario deambular.

            Alberto Ruiz – Tagle era un joven seductor, quien solía frecuentar la bohemia de los talleres literarios y conquistaba con sus dotes de poeta, siempre medido y algo distante, en Concepción, Chile, durante los años previos al golpe que depusiera a Salvador Allende. Lo que nadie podía suponer en ese entonces era que él y Carlos Wieder, el piloto perteneciente a la Fuerza Aérea –que habría de conducir a muchas mujeres a la desaparición, tortura y muerte- eran una misma y única persona.

           Pero lo más terrible es que Wieder poseía una pasión por la estética, capaz de llevarlo a escribir con humo blanco –en latín- mensajes bíblicos en el cielo, o exponer en fotografías restos de esas mujeres que fueran mutiladas con la finalidad de ser presentadas como objetos de apreciación artística. Un sentido de la belleza rayano en la locura, fortalecido con la impunidad que otorga el pertenecer a los reaccionarios vencedores.

            Con presencia de un narrador que relata lo acontecido a tan nefasto personaje, Bolaño se las ingenia para componer a partir de la violencia, el absurdo y el horror una historia grotesca pero creíble de un asesino sin otra patria que su placer por la muerte, en todas sus facetas.

          En estilo coloquial, valiéndose de otras obras literarias y siguiendo el curso de la historia chilena, quizás la fuerza del texto radique más en la forma en que se narra que en las acciones propias de la trama. Haciendo uso de frases rotundas y breves, silencios y alusiones elípticas, Bolaño halla el tempo apropiado para construir imágenes destinadas a resaltar la forma sobre el fondo, en medio de la sordidez de un mundo que se desmorona.

          No es una obra cumbre, pero guarda elementos de una prosa que mucho le debe a la poesía y que permite que el libro fluya, aun en las escenas más álgidas. Sin dudas, un título por dónde abordar al escritor chileno.