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domingo, 5 de septiembre de 2021

e-book 88. Secuelas. Patria, Fernando Aramburu

 

Tusquets, 2016

I.

            Muchas fueron las voces que se expresaron sobre este título ni bien apareció en las calles. Varias hicieron encendidos comentarios convirtiéndolo en un libro, cuanto menos, polémico. No había manera de dilucidar acerca de los argumentos esgrimidos –a favor y en contra- sin hacer la experiencia de leerlo. Fiel a mi estilo, dejé acallar los fuegos primigenios y sus probables influencias dejando pasar cinco años, un tiempo que supuse prudente para intentar ser algo más objetivo.

II.

            La lucha armada que sostuvo ETA en el País Vasco, con sus ansias de independencia del resto de España, ha desgarrado el entramado social de sus gentes. A partir del abandono de la misma, la sociedad vasca se ha visto en la enorme tarea de reconstruir vínculos que supieron conocer mejores días. Los atentados contra aquellos que no comulgaban con el independentismo a ultranza, o bien que no colaboraban económicamente con la causa han dividido a la comunidad en víctimas y victimarios. El origen del planteo de Aramburu, entonces, resulta claro: ¿cómo se sale de la antinomia y de sus secuelas?

III.

             La historia, por lo demás, es simple. Dos amigas íntimas, que viven en un pueblo en las cercanías de San Sebastián, forman sendas familias y mantienen amistad hasta que el marido de una de ellas es denunciado como traidor –primero- y asesinado luego por ETA, por negarse al aporte ‘revolucionario’ –una exacción de dinero destinado a proveer a las arcas de la organización militar-. Para colmo, la otrora familia amiga cuenta con uno de sus hijos dentro de ésta y su madre decide tomar posición a favor de él, sobreviniendo la ruptura.

La versión digital, gentileza de Epublibre

IV.

            El tiempo ha pasado. Ahora que la organización ha abandonado las armas, la viuda ha decidido volver al pueblo, aun a costa de que sus miembros sostengan el mismo vacío que le habían propinado a partir de la aparición de la primera pintada. Enferma, sólo desea saber si el hijo de su amiga participó en el asesinato de su marido. Aquél, capturado hace ya tiempo y encerrado en una cárcel, se niega a cualquier disculpa. Pero la acción de sus hermanos, la prolongada estadía en el encierro y la renuncia de ETA corroen su interior.

V.

            En algo más de una centena de capítulos que se distribuyen a lo largo de seiscientas páginas, Aramburu no sólo elabora una ficción sólida sino que cuestiona cómo dejar atrás lo ocurrido sin poner en pie de igualdad a víctimas y victimarios. La situación es asimétrica: éstos pueden pedir perdón, pero aun así no les devolverán a la vida a los seres queridos de los primeros. Destaco la construcción psicológica de los personajes, las veraces descripciones de la vida cotidiana y la manera de alternar la trama. Hacia el final, parece haber un intento de explicación del porqué del libro: que nadie se apropie de un relato político que tienda a simplificar lo ocurrido, ni que facilite el olvido y la desmemoria. Como ficción, impecable y recomendable.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Víctimas de la intolerancia. Los peces de la amargura, Fernando Aramburu


Tusquets, 2008

‘Era, cómo les explicaría yo…, una mezcla de desánimo y compasión al ver que existen personas convencidas de que, para formar el país de sus sueños, por fuerza hay que causar dolor al prójimo.’

I.

            Comienzo con toda una definición. Creo que, a esta altura, todos conocen la postura de Fernando Aramburu respecto del accionar de ETA en el País Vasco, y la estela de sangre que, durante años, tiñó la vida cotidiana de sus vecinos. Me pareció más que oportuno rescatar esta serie de relatos cuando, a la distancia geográfica que me separa de la Madre Patria, sigo sin poder comprender el sinsentido del enfrentamiento entre catalanes y españoles. ¿Es que no han tenido suficiente con la Guerra Civil o con la lucha etarra de emancipación?

II.

            Este libro de Aramburu recoge el sentir de aquellos que vivieron en carne propia el accionar de ETA, desde las víctimas directas de la intolerancia etarra, pasando por las madres de los gudari –combatientes de la causa vasca- y las familias amenazadas, sin apartar a los signados como soplones de aquella –aún sin serlo-, ni a los vecinos de los atentados.

III.

          Esa atmósfera cargada de presagios nefastos, de convivencia con el padecimiento y el sufrir de todos los que han tenido que sobrellevar su propia vida tras verse involucrados en los golpes, son la parte destacada y constitutiva de la prosa de Aramburu, que tampoco elude los trastornos psicológicos a los que han tenido que hacer frente las víctimas, sus familiares y allegados.

IV.

            Con estilo directo, diálogos bien provocados y una mirada punzante y crítica sobre las distintas instancias y repercusiones de los hechos, el autor describe magníficamente el sentir de propios y ajenos. El lector percibe desde el principio la finalidad de tamaña denuncia: que dejemos atrás nuestras diferencias y las discutamos y consensuemos civilizadamente. La violencia no despierta empatía, ni es el vehículo adecuado para el reconocimiento de derechos conculcados a los habitantes de una región, por más que se esté de acuerdo con el reclamo.

V.

          Si la literatura pudiera servir como medio de expresión para quien se ha puesto decididamente a favor de la vida –propia y de sus semejantes-, seguramente los textos de Aramburu que tienen relación con la violencia política lo ponen en la vidriera de los escritores más comprometidos. Un libro necesario, sin golpes bajos.

lunes, 12 de agosto de 2013

Angustias en primera persona. El vigilante del fiordo, Fernando Aramburu


Tusquets, 2011

           Supe de él al recorrer la blogosfera, apenas editado en España. Nada sabía acerca de su autor ni de su obra, aunque se proponían algunos títulos que le han conferido renombre en la escena literaria ibérica. Tampoco tenía esperanzas de hallarlo, puesto que a estos parajes los libros –como casi todo lo demás- llegan con retraso. Dicho sea de paso, sospecho que los libros que arriban aquí son rezagos del material que no ha tenido salida en el viejo continente, por lo cual los grupos editoriales más grandes, con filiales en estas tierras, nos lo acercan luego de una prudente espera de circulación allende el Atlántico. Volviendo, casi al finalizar la última Feria del Libro local, pregunté por él con la displicencia que otorga la seguridad de una negativa. La sorpresa fue mayúscula al tenerlo en mis manos. Pero lo que me decidió fue la fotografía de portada.
            Es un libro de relatos en el que se dan cita una variedad de situaciones. Así, una mujer bien ataviada cuya actividad es llorar en una estación de subterráneos; un hijo que descubre durante unas vacaciones la inmoralidad de su padre; un hombre víctima de un secuestro equivocado; un par de ancianos viudos, cuyos hijos los reúnen mediante la Red con ‘fines serios’, y un hombre que asiste a su propio funeral sin poder modificar los hechos, son parte de una galería de personajes con los que Aramburu nos transmite una angustia, un desasosiego cuyo único destinatario es el lector. Y lo consigue cabalmente.
            Mas incluye tres narraciones relacionadas con el terrorismo, tema que parece ser el conductor de otras obras. En uno de ellos, el miedo al atentado personal impulsa a una pareja a cambiar de aires en busca de anonimato y seguridad, sin terminar de establecerse en ningún lugar. En otro, el autor enlaza diversos testimonios –reales y ficticios- de las víctimas del atentado de Atocha, sucedido el 11 de marzo de 2004. Allí, reúne mediante historias breves a un sobreviviente que ha perdido el brazo, un taxista envuelto en el traslado de heridos, un celular que suena en el bolsillo de una mujer muerta, una familia –de las tantas- que asiste al tanatorio, dos jóvenes sobrevivientes que viajaban diariamente en el mismo tren, una víctima que refiere los últimos instantes de otra, un testigo de las mochilas explosivas, entre otros, haciendo que la última palabra que concluye cada historia sea la que inicie la siguiente.
            Pero sin dudas, el que se lleva los aplausos y justifica el desembolso, es el que da origen al título. Escrito como obra de teatro –donde se indican los gestos, entradas y mutis de sus personajes- el cuento tiene lugar en una institución destinada a la recuperación psiquiátrica. Así, Abelardo –un funcionario de seguridad en una cárcel- es internado en ella. Su madre ha sido víctima de un paquete explosivo destinado a él. Abelardo, entonces, intenta mitigar su culpa refugiándose en un mundo de ficción que solo tiene lugar mientras duerme. Allí, se convierte en el vigilante 155 de los fiordos noruegos, cuya misión es dar la alarma ante la presencia de supuestos terroristas. Habitando una precaria cabaña inhóspita, Abelardo asume su necesidad de expiación de la muerte de su madre, en un ambiente sórdido y aislado.
            Escritos en lenguaje fluido y coloquial, los relatos se suceden en una suerte de eslabones que encadenan aflicciones, desesperanzas y desencantos varios. Un libro que se lee rápido pero deja material para analizar.
Marcelo Z