Anagrama, 1992
I.
Dos reseñas aparecidas más de una década atrás
me impulsaron a buscarlo. La única edición disponible en la batea de usados era
la de marras, tan acomodada al bolsillo como incómoda de leer, con esos
caracteres minúsculos que obligan al lector a forzar su visión. No obstante, su
voluminosa extensión desafió cualquier entusiasmo inicial. Un reciente
comentario me recordó su existencia y decidí incluirlo entre mis lecturas.
II.
Esta novela, ambientada en Suiza hacia 1936,
tiene como main course una historia
de amor sui generis entre el apuesto
Solal, judío y alto funcionario de la Sociedad de las Naciones, y Ariane d’Auble,
una voluptuosa aristócrata aria, casada con un subordinado de aquél con quien,
una vez realizada la conquista, están dispuestos a dar rienda suelta a su
pasión carnal y vivir al socaire de sus relativos e ilimitados recursos, dando
la espalda a una alta sociedad que si antes los protegiera, ahora los condena
al ostracismo.
III.
En una marche
au supplice, ambos protagonistas recorren todas las etapas del amor, desde
el primer encuentro hasta la larga agonía de autodestrucción que conlleva el
deterioro al que lo somete la rutina, aun recurriendo a ciertos ardides –humillaciones
de toda laya, los celos retrospectivos y un puñado de ejercicios
eróticos y sexuales-, para deshacerse de la saciedad amorosa y mantener viva la
llama de un amor absoluto, que degenera con el tiempo volviéndose aburrido y
anodino. En resumen, la suerte de sublimes amantes devenidos en aislada pareja.
IV.
Pero el texto no se restringe
solo a la pasión arrebatadora de un amor idílico, sino que también bucea en
otros entornos. Está la creciente animosidad europea contra los judíos, tal que
Solal es partícipe de los miedos de ser descubierta su condición visitando
París. Luego está la burla corrosiva sobre la inoperante y abusiva burocracia
europea, incapaz de frenar el arrollador militarismo alemán, con toda su carga
antisemita, y los primos de Solal –con el prodigioso, desternillante y
descacharrante Comeclavos a la cabeza, dueño de una prosa engolada que arranca
la carcajada del lector, y el tío Saltiel que los modera- quienes aportan una
bocanada de humor fresco a toda una atmosfera ominosa.
V.
En estilo coloquial, con
meditaciones interesantes acerca de lo efímero del amor absoluto y de la pasión
que es su clímax, una carga erótica más que importante y cierto pesimismo en
las relaciones humanas, Cohen ofrece una obra con mucho de experimental y
socarrón cuyo desenlace se va volviendo previsible con el correr de las
páginas. Una lectura de largo aliento; por momentos algo densa y no siempre
fluida, pero que hará las delicias de todo buen lector, si logra hacerse de
cierto grado de paciencia. Seguramente, estará dentro de mis mejores lecturas
del año.

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