Cátedra, 2022
I.
Fue propuesto en un taller como
una lectura divertida, que arrancaría risas, lo que no ocurrió en gran medida,
aunque habría que reconocer que lo grotesco de la narración hizo mucho más
fluida su lectura. Siendo ésta la última obra de Flaubert, cuya intención era completarla
con otro volumen semejante donde figurara una suerte de idiotario: una compilación de clichés, frases hechas y demás banalidades,
fruto del trabajo de sus personajes, es una obra inconclusa, pues antes de ello
sobrevino su muerte. Sin embargo, el autor dejó una serie de notas donde exhibe
el curso de su malograda escritura posterior.
II.
Los protagonistas de esta
historia llevan apellidos homónimos al título de marras. Un mediodía estival,
de calor agobiante, se encuentran en un banco -a pleno sol- de un parque de
París. Cada cual, munido de una especie de sombrero donde están labrados sendos
nombres; intiman a partir de esta coincidencia, descubriendo que ambos trabajan
en oficinas como amanuenses. En la
mediana edad y solos, Bouvard es corpulento y afable, mientras que Pécuchet
es enjuto y taciturno. Se hacen amigos y al poco, Bouvard recibe la noticia de
haber heredado una suma cuantiosa al morir un tío suyo –en realidad, su padre-.
Con ello, propone a Pécuchet abandonar París, y alojarse en una finca rural
para llevar una vida más sedentaria.
III.
A partir de allí, se desatan una
serie de situaciones tan graciosas como desopilantes. En principio, ambos
desean amasar fortuna y renombre a partir de las ganancias que debiera reportar
el establecimiento de producción agrícola que han comprado, pero el no saber
nada acerca de la vida rural frustra cualquier posible lucro, aun cuando su
disposición al trabajo es completa. Entonces, buscan en los libros los porqués del
descalabro, sin consultar a quienes sí saben cómo y cuándo obrar.
IV.
Así, van abandonando y pasando de una
disciplina a otra –biología, arqueología, medicina, ¡teología!- buscando
respuestas en la consulta de libros, concluyendo que una de ellas se corresponde
con otra totalmente contraria, lo que impide un avance en cualquier sentido. El
pícaro Flaubert se burla, de esta manera, de la cultura libresca, enciclopédica
y, particularmente, del mundo de las letras –al que dedica uno de los diez
capítulos que componen la obra-. Sus personajes viven a salto de mata, no
pudiendo aprender nada pues carecen de juicio crítico.
V.
De estilo coloquial y ameno, con escenas bien delineadas y diálogos jugosos, Flaubert nos lega una obra póstuma, por momentos risueña, siempre cáustica con lo estúpido y superficial. Una lectura para pasar buenos momentos.
