domingo, 1 de noviembre de 2026

A salto de mata. Bouvard y Pécuchet, Gustave Flaubert

Cátedra, 2022

I.

               Fue propuesto en un taller como una lectura divertida, que arrancaría risas, lo que no ocurrió en gran medida, aunque habría que reconocer que lo grotesco de la narración hizo mucho más fluida su lectura. Siendo ésta la última obra de Flaubert, cuya intención era completarla con otro volumen semejante donde figurara una suerte de idiotario: una compilación de clichés, frases hechas y demás banalidades, fruto del trabajo de sus personajes, es una obra inconclusa, pues antes de ello sobrevino su muerte. Sin embargo, el autor dejó una serie de notas donde exhibe el curso de su malograda escritura posterior.

II.

               Los protagonistas de esta historia llevan apellidos homónimos al título de marras. Un mediodía estival, de calor agobiante, se encuentran en un banco -a pleno sol- de un parque de París. Cada cual, munido de una especie de sombrero donde están labrados sendos nombres; intiman a partir de esta coincidencia, descubriendo que ambos trabajan en oficinas como amanuenses. En la mediana edad y solos, Bouvard es corpulento y afable, mientras que Pécuchet es enjuto y taciturno. Se hacen amigos y al poco, Bouvard recibe la noticia de haber heredado una suma cuantiosa al morir un tío suyo –en realidad, su padre-. Con ello, propone a Pécuchet abandonar París, y alojarse en una finca rural para llevar una vida más sedentaria.

III.

               A partir de allí, se desatan una serie de situaciones tan graciosas como desopilantes. En principio, ambos desean amasar fortuna y renombre a partir de las ganancias que debiera reportar el establecimiento de producción agrícola que han comprado, pero el no saber nada acerca de la vida rural frustra cualquier posible lucro, aun cuando su disposición al trabajo es completa. Entonces, buscan en los libros los porqués del descalabro, sin consultar a quienes sí saben cómo y cuándo obrar.

IV.

                Así, van abandonando y pasando de una disciplina a otra –biología, arqueología, medicina, ¡teología!- buscando respuestas en la consulta de libros, concluyendo que una de ellas se corresponde con otra totalmente contraria, lo que impide un avance en cualquier sentido. El pícaro Flaubert se burla, de esta manera, de la cultura libresca, enciclopédica y, particularmente, del mundo de las letras –al que dedica uno de los diez capítulos que componen la obra-. Sus personajes viven a salto de mata, no pudiendo aprender nada pues carecen de juicio crítico.

V.

               De estilo coloquial y ameno, con escenas bien delineadas y diálogos jugosos, Flaubert nos lega una obra póstuma, por momentos risueña, siempre cáustica con lo estúpido y superficial. Una lectura para pasar buenos momentos.