La Nación, 2005
I.
He sido mucho más devoto de su obra
poética que de su narrativa. Al ser hijo de la ciudad que también fuera la suya,
siento que sus poemas me describen mejor.
No obstante, un taller de lectura recaló en este título y, tras una veintena de
años, encaré su relectura, extendiendo la propuesta a un grupo con quienes
comparto el placer de ella. Lo que sigue es un compendio de miradas surgidas al
calor de nuestros encuentros, que para nada intentan agotar las posibles
interpretaciones que dispara el conjunto de diecisiete relatos que componen el
volumen.
II.
Al inicio, nos preguntábamos cómo realizar una
síntesis, cuando cada uno de los cuentos es un universo en sí mismo.
Descartamos esa veleidad, focalizando en los temas recurrentes que aparecen en
ellos, que son parte de las inquietudes que el propio Borges se planteó –y nos
legó después- a lo largo de su vida. Aquí están el hombre frente al infinito;
la otredad como contracara necesaria del yo –un dualismo existencial-; la
importancia de la escritura como memoria colectiva de las sociedades; las
limitaciones que impone el lenguaje a la hora de comunicar emociones, entre otras.
III.
La búsqueda de la inmortalidad; la
recreación del mito del Minotauro; una sugestiva biografía del compañero de
Martín Fierro; la ejecución de una venganza; la obsesión que genera un objeto casi
sin valor o la posesión de un lugar al que convergen todas las miradas del
universo, son algunas de las escenas de las que Borges se vale para exponer sus
elucubraciones acerca de la naturaleza del tiempo, la identidad, el sentido de
la vida, la importancia del azar, la soledad… Para ello, utiliza todos los
elementos que componen su marca
registrada: el juego de espejos, la existencia de un doble, el laberinto, el
tigre, el cuchillero, los jeroglíficos, por citar algunos.
IV.
Esta colección, aparecida en 1949 cuando el
autor frisaba el medio siglo de edad, también incluye una profusión de citas y
referencias bibliográficas –muchas de las cuales son infundadas; una manera de
burlarse de aquellos colegas que las usan como medio de fortalecer aseveraciones,
no siempre claras- y cierto tono socarrón sobre las premiaciones que en el
campo intelectual se realizan con el concurso de jurados que valoran las obras,
de las que siempre mantuvo distancia y un cierto escepticismo.
V.
De estilo directo, con múltiples recursos
literarios, haciendo gala de una erudición y un preciosismo lingüístico sin
par, Borges construye una obra memorable, con riqueza de descripciones y
párrafos que merecen quedar en la memoria de todo buen lector. Quien desee
iniciarse en las letras de Borges, ésta es una de las obras óptimas para
hacerlo. No solo se disfruta; nos interpela y obliga a pensar.

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