Tusquets, 2009
Hacía ya mucho tiempo que no abordaba alguna obra del escritor checo; por ello quise refrescar mi contacto con él. Máxime, porque mi experiencia con su literatura mantiene ciertos altibajos. Su afamada ‘La insoportable levedad del ser’ casi me resultó igual a la primera mitad de su título, aunque me fue mejor con ‘La vida está en otra parte’. La presente, no tan publicitada ni fácil de localizar en librerías, picó mi curiosidad.
En principio, estamos en 1989. Irena emigró desde Checoslovaquia a Francia debido a la persecución política de su marido, Martin, hace ya veinte años. A la muerte de éste, formó pareja con Gustaf, un sueco separado de su familia, quien ha decidido desarrollar una nueva sucursal de la compañía para la cual ambos trabajan, en la ciudad de Praga, ahora que el comunismo ha caído. Empujada por su amiga francesa Sylvie, Irena encara el ‘Gran Regreso’.
A su vez, Josef, un veterinario checo emigrado a Dinamarca, también viudo, decide volver a Praga por unos días para visitar a su hermano y a un viejo amigo que lo ayudó a escapar del régimen soviético. Así, Irena y Josef, cruzan sus caminos en el aeropuerto de París rumbo a Praga. Ella lo recuerda de una reunión que había tenido lugar antes de marcharse al exilio, mientras que él no puede reconocerla, mas entabla conversación seducido por su belleza. De allí en adelante, la asimetría del inicio marcará a esta relación, conjugándose elementos comunes de un pasado en el extranjero y visiones bastante distintas acerca del rol de aquellos que regresan a su patria después de muchos años de ausencia.
Lo fuerte de la narrativa de Kundera es, en esta ocasión –aunque siempre presente en toda su obra-, el sentir del emigrado, poco menos que un paria en cualquier lugar. El autor describe magníficamente su pesar: es, ante todo, aquel a quien se hospeda en un país de recepción, debido a un sentimiento de solidaridad y compasión, que pierde esa condición de refugiado apenas vuelve a su tierra natal, pero que está obligado a hacerlo. Por otra parte, los años de ausencia lo convierten casi en un ‘traidor’ por no haberse quedado –haber resistido- cuando el resto de sus vínculos –familia, amigos- sí lo han hecho. Incapaz de reinsertarse en su sociedad debido a la pérdida de una historia común, y de adaptarse a las nuevas condiciones por desconocimiento de los códigos actuales, el emigrado se vuelve un fantasma que deambula en medio de una sociedad que le es extraña, irreal. Es esta pérdida de lo colectivo la que impide su regreso definitivo. Los únicos que pueden comprender su sentir son sólo aquellos que han pasado por lo mismo; una clase descastada, un visitante eterno.
Encuentros que se transforman en desencuentros, el denominador común de los emigrados es su memoria. Es ella el último bastión que cobija la identidad, en donde se asumen como ser; pero es también la responsable de la consecuente melancolía de vivir en un pasado que ya no es y del peso de la culpa de haberse ido.
Con la presencia de un narrador, junto a un puñado de personajes secundarios que añaden matices de la vida del exiliado en el exterior tanto como de los que no pudieron emigrar, Kundera construye un sólido relato. Fluido y descarnado, retrata literariamente como pocos una realidad social de la Europa poscomunista. Buen libro.
Marcelo Zuccotti