I.
En esta ocasión, no me formulé la clásica
pregunta de por qué he hecho esperar tanto a esta obra, que adquirí al tiempo
de su publicación, sino la reversa: por qué leerla justamente ahora. Vino a mi
un puñado de explicaciones entre las que resaltaba mi decisión a inicios de
año, de empezar a deshacerme de ejemplares en papel que constituyen el enorme
tótem en espera; no efectuar relecturas, a no ser que diversas razones lo
ameriten y no comprar ya más libros, salvo aquellos que sean parte de una
lectura conjunta. Al concluirla, hallé una respuesta más rotunda: este año se
cumplen los cuarenta años de su aparición. Seguro que mi inconsciente deseaba
homenajear al egregio autor ubetense: qué mejor que leyendo su obra prima.
II.
El joven Minaya no tuvo fortuna. Vivió
en Mágina –alter ego de Úbeda- hasta
que las deudas contraídas por su padre liquidaron el inmueble familiar y
obligaron la marcha hacia Madrid cuando era niño. Tras su paso por la
universidad, desea realizar una tesis para su graduación sobre la figura de un
poeta, Jacinto Solana quien, enrolado en las filas de la República, fuese
muerto por la Guardia Civil en 1947. Para ello, vuelve al solar familiar: el
primo de su padre, Manuel Crivelli, que vive aún en Mágina, ha sido íntimo
amigo de Solana. Ambientada hacia 1969, Minaya desea saber el paradero del
manuscrito que el poeta decía que habría de escribir, como legado final antes
de morir. El trabajo se titularía Beatus
Ille (Dichoso aquél).
III.
En la veintena, Minaya se instala en casa de
su tío Manuel, hombre maduro de corazón débil quien en 1937 se casara con
Mariana Ríos. El matrimonio duró una noche: la fatalidad cobró la vida de la novia
a la mañana siguiente merced a una bala perdida durante un tiroteo. Al poco,
comenzará a develarse una trama donde los silencios, las mentiras y el pasado
conviven con la militancia republicana, un crimen no aclarado y la intimidad
amorosa.
IV.
Destaco la prosa del autor, rayana
en el mejor lirismo, con descripciones de geografías y sentires que vuelven
exquisita la lectura. Luego, la construcción narrativa que no solo responde al
típico género policial sino que además deja entrever el control que el
franquismo mantiene sobre la población. Por último, con ayuda de unos pocos
personajes secundarios –la vieja madre de Manuel, su médico personal, un artista
plástico, las criadas de servicio y un narrador omnisciente que se revela recién
al final-, el autor elabora una trama sólida en medio de lealtades y
traiciones.
V.
De estilo coloquial, no siempre ameno y fluido pero sí preciosista en el uso del vocabulario, Muñoz Molina elabora una novela colosal que merece ser leída por todo buen lector. Para disfrutar a lo grande.

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