domingo, 19 de julio de 2026

El conjuro. El cuadro de Dorian Gray, Oscar Wilde

Cátedra, 2005
 

I.

                Era uno de los títulos que esperaban una relectura. Lo había leído de muy joven y, por distintos desencuentros, no hubo propuesta hasta hace poco, en que salió como posible candidato y abogué por él. Siendo la única novela del autor, tan controvertido como valorado, quise esta vez focalizar en el material de reflexión que el propio texto va desgranando –a través de sentencias y aseveraciones- con el correr de las páginas, y su vigencia en la vida social actual.

II.

               La historia es conocida. El pintor Basil Hallward acaba el retrato de un nuevo Adonis que le tiene totalmente subyugado desde hace un tiempo: un efebo llamado Dorian Gray, que está llegando a la adultez, ingenuo y aún maleable en las manos inescrupulosas de Lord Henry Wotton, quien intenta disuadir el altruismo del joven y centrarlo en la concreción del placer mientras se halla en posesión del efímero bien de la belleza. Frente a su propia imagen, Gray exclama que daría el alma si se le permitiera mantenerse joven. El conjuro surte efecto. A partir de allí, será el retrato el que modifique su aspecto, mientras la vida de Gray se desarrolla. El cambio que va sufriendo es tal que, hacia el fin, se vuelve una obsesión para Gray, de la que solo podrá librarse si elimina el cuadro.

III.

                Así, los tres personajes masculinos componen una férrea amistad, con tintes de triángulo amoroso. De hecho, el pintor confiesa su amor por Dorian quien, por otro lado, no puede eludir las enseñanzas para una vida licenciosa a la que lo conduce Lord Henry, un cínico mayúsculo e hipócrita contumaz, quien proyecta en el joven sus propias ideas y frustraciones, mientras guarda la necesaria compostura para que el medio social no lo aísle, por más que en algunos círculos se lo tilde de malvado.

IV.

               Destaco el cúmulo de afirmaciones cínicas conque Lord Henry alecciona a su pupilo. Si se pudieran reunir en un único volumen, daría para un debate aparte de la trama de la obra, v. g.,

‘He descubierto que, en el fondo, existen dos clases de mujeres: las que se maquillan y las que no lo hacen. Las últimas son muy útiles. Si deseas granjearte una reputación de hombre respetable simplemente tienes que llevarlas a cenar. La otra clase de mujeres es realmente encantadora. Aun así, cometen un error. Se maquillan en un intento por parecer jóvenes. […] Cualquier mujer se muestra absolutamente satisfecha mientras pueda parecer diez años más joven que su propia hija. En cuanto a la conversación, solo hay en Londres diez mujeres con las que merece la pena hablar, y únicamente dos de ellas pueden ser admitidas en el seno de la sociedad decente.’

V.

               De estilo directo, fluido y coloquial, Wilde compone una obra mayúscula sobre la amistad, el desencanto, la pérdida de la juventud y de la belleza como elemento disparador de una adultez aburrida e intrascendente y la eterna persecución del placer sensual, fin último de una vida intensa, que vale la pena ser vivida. Una lectura obligada para todo buen lector.

No hay comentarios:

Publicar un comentario