sábado, 8 de agosto de 2026

Versión Original 25. La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata


 Emecé, 2011

           Hace días atrás alguien del entorno lector lo nombró y me retrotrajo a su lectura a comienzos del 2011, cuando se reeditara tras larga ausencia en las librerías. Publicada la reseña en otro espacio en ese momento, me pareció oportuno rescatarla, aun con una introducción de la que me arrepiento en parte, pero que refleja mi escritura de entonces.


Fue a principios de este año cuando una gran lectora me allegó este título, entre otros que me sugería leer porque le habían encantado. Asimismo, me advirtió que estaba agotado hacía ya varios años. Su proverbial nobleza me lo ofreció en préstamo, con la condición de devolución una vez finalizada su lectura. Tozudo y resuelto, deambulé un sinnúmero de días tratando de obtener algún paradero de él, sin fortuna. Cuando el pasado domingo, al entrar en una librería local, choqué literalmente con la torre de ejemplares recientemente reeditados, afluyó el terror. En mi juventud, creía poder conseguir cualquier libro. Luego, al entrar en la adultez, comencé a pensar que los libros buscaban que yo los encontrase. Ahora, en mi plenitud, mucho me temo que exista un silente complot entre las editoriales con el fin de sorprenderme, reeditando aquello que vengo buscando desde hace tiempo o que ya no se encuentra disponible.

               No se cómo describírtelo. En lo que se lee, es la historia de Eguchi, un hombre de sesenta y siete años al que se le propone participar de un encuentro con una mujer joven y bonita, en una posada en la cual ella estará dormida –narcotizada- y no podrá despertarse durante toda la noche. Estará expuesta a su voluntad durante el lapso que dure su sueño, desnuda, con su respiración y los aromas que emitan su cuerpo y su aliento, sin posibilidad de otro contacto que no sea compartir una manta calefaccionada eléctricamente. Se le solicita no sólo discreción, sino integridad –sin maltratos ni actos pecaminosos-; se trata sólo de acompañar el descanso de la joven con su propio descanso.

               Pero no sólo es eso. Kawabata nos describe todas las reflexiones que se suscriben en el imaginario de aquel hombre cada vez que visita la casa. Porque ese ejercicio crea adicción y dependencia; como si uno no se pudiera sustraer a la tentación de probar –a esa edad, y sin dejar de ser hombre- cómo sabe la juventud de la vida. Para colmo, se sospecha que las participantes son elegidas vírgenes, siendo éste un condimento adicional de la trama.

               Relatado por un narrador –que parece oficiar de mero espectador-, la meditación recae sobre la historia propia, la familia y el amor, la proximidad del fin, la vitalidad como contracara… Y la muerte. Esa eterna convidada de piedra que se da cita sin avisar, tanto para la vejez como para la juventud.

               El autor construye su relato en base a estas oposiciones; mas lo hace con maestría y dinamismo. Crea una atmósfera en la descripción, de la cual ningún lector puede sentirse ajeno. Con elementos cotidianos y básicos –como una sórdida habitación contigua y escasos diálogos con los responsables de la experiencia-, Kawabata se las ingenia para hacer creíble una historia que involucra los sentires de la senilidad, junto a la fuerza avasallante de la juventud, cuando ésta se halla a total merced de aquélla.

               En síntesis, un librazo de escasas páginas, pero lleno de simbolismos, que sugiero transitar. Lo disfruté mucho, casi como todo lo que leí de este autor. Espero que vos también.

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