Hace días atrás alguien del entorno lector lo nombró y me retrotrajo a su lectura a comienzos del 2011, cuando se reeditara tras larga ausencia en las librerías. Publicada la reseña en otro espacio en ese momento, me pareció oportuno rescatarla, aun con una introducción de la que me arrepiento en parte, pero que refleja mi escritura de entonces.
Fue a principios de este año cuando una gran
lectora me allegó este título, entre otros que me sugería leer porque le habían
encantado. Asimismo, me advirtió que estaba agotado hacía ya varios años. Su
proverbial nobleza me lo ofreció en préstamo, con la condición de devolución
una vez finalizada su lectura. Tozudo y resuelto, deambulé un sinnúmero de días
tratando de obtener algún paradero de él, sin fortuna. Cuando el pasado
domingo, al entrar en una librería local, choqué literalmente con la torre de
ejemplares recientemente reeditados, afluyó el terror. En mi juventud, creía
poder conseguir cualquier libro. Luego, al entrar en la adultez, comencé a
pensar que los libros buscaban que yo los encontrase. Ahora, en mi plenitud,
mucho me temo que exista un silente complot entre las editoriales con el fin de
sorprenderme, reeditando aquello que vengo buscando desde hace tiempo o que ya
no se encuentra disponible.
No se cómo describírtelo. En lo
que se lee, es la historia de Eguchi, un hombre de sesenta y siete años al que
se le propone participar de un encuentro con una mujer joven y bonita, en una
posada en la cual ella estará dormida –narcotizada- y no podrá despertarse
durante toda la noche. Estará expuesta a su voluntad durante el lapso que dure
su sueño, desnuda, con su respiración y los aromas que emitan su cuerpo y su
aliento, sin posibilidad de otro contacto que no sea compartir una manta
calefaccionada eléctricamente. Se le solicita no sólo discreción, sino
integridad –sin maltratos ni actos pecaminosos-; se trata sólo de acompañar el
descanso de la joven con su propio descanso.
Pero no sólo es eso. Kawabata nos
describe todas las reflexiones que se suscriben en el imaginario de aquel hombre
cada vez que visita la casa. Porque ese ejercicio crea adicción y dependencia;
como si uno no se pudiera sustraer a la tentación de probar –a esa edad, y sin
dejar de ser hombre- cómo sabe la juventud de la vida. Para colmo, se sospecha
que las participantes son elegidas vírgenes, siendo éste un condimento
adicional de la trama.
Relatado por un narrador –que
parece oficiar de mero espectador-, la meditación recae sobre la historia
propia, la familia y el amor, la proximidad del fin, la vitalidad como
contracara… Y la muerte. Esa eterna convidada de piedra que se da cita sin
avisar, tanto para la vejez como para la juventud.
El autor construye su relato en
base a estas oposiciones; mas lo hace con maestría y dinamismo. Crea una
atmósfera en la descripción, de la cual ningún lector puede sentirse ajeno. Con
elementos cotidianos y básicos –como una sórdida habitación contigua y escasos
diálogos con los responsables de la experiencia-, Kawabata se las ingenia para
hacer creíble una historia que involucra los sentires de la senilidad, junto a
la fuerza avasallante de la juventud, cuando ésta se halla a total merced de
aquélla.
En síntesis, un librazo de
escasas páginas, pero lleno de simbolismos, que sugiero transitar. Lo disfruté
mucho, casi como todo lo que leí de este autor. Espero que vos también.
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