Península, 2005
I.
En el segundo volumen que compone esta
trilogía, Chatwin narra las peripecias de un viaje sui generis a Australia. En stricto sensu, es la crónica que toma
cuerpo mientras intercambia gentes y geografías en busca de un mito que circula
en el territorio: los aborígenes australianos delimitaban sus terrenos en base
a una canción que cada propietario conocía, única en su melodía. Esa canción
servía de frontera de las parcelas a la vez que resguardaba los lugares
sagrados.
II.
Para proveerse de material de primera mano,
Chatwin entra en contacto con Arkadi, un ruso residente, quien no solo le
servirá de guía en su travesía sino que se encargará de las negociaciones con
los pueblos originarios para respetar los lugares santos, en vista a la
construcción de una nueva línea ferroviaria que atraviese esos terrenos. Así, a
partir de este vínculo se abrirá una aventura junto a un puñado de personajes
tan circunstanciales como entrañables, en la Australia profunda, en una
atmósfera de escasez y supervivencia extrema.
III.
Por sus páginas desfilan camionetas desvencijadas,
viviendas precarias, tabernas desconchadas y otros elementos del entorno que,
con la maestría literaria de las descripciones del autor, no solo se vuelven
reales; el lector siente lo que está
siendo narrado. Por otra parte, al estructurar la obra en breves capítulos,
cada uno de ellos puede ser leído como si fuera un relato o episodio unitario.
IV.
Destaco un plano no menor que
alcanza la obra hacia el final de la misma. Allí, Chatwin se despoja un tanto
de lo narrativo para darle espacio a una serie de reflexiones de naturaleza
antropológica, filosófica y conductual, haciendo gala de meditaciones sobre el
comportamiento humano, su agresividad, su predación de especies y naturaleza,
su condición gregaria, su tendencia al sedentarismo y la vida nómade, que hacen
del conjunto un texto memorable, que no se restringe al ámbito de un libro de viajes, como lo han catalogado.
Es un compendio enriquecedor al ya vasto esfuerzo de poner en palabras toda una
cultura basada en canciones.
V.
De estilo coloquial, ameno y
fluido, con profusión de escenas propias de un western y un sabio reparto entre diálogos y silencios, Chatwin
ofrece una obra que conjuga tintes autobiográficos con recursos narrativos y
elementos de ficción, en una amalgama que mantiene el interés lector hasta el
desenlace. Una maravilla que asombrará al lector más entrenado. Para no dejar
pasar.

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