
Reseña aparecida en otro blog hace ya casi diez años, la vuelvo a presentar ahora aquí, tal como fuera escrita entonces, para cumplir con un compromiso con los lectores de Utopía quien, pocos días atrás, nos allegara su propia opinión de la misma obra, bajo la edición de otra casa editora y citara a ésta como su inspiradora.
Introducción
Estaba aburrido de leer la clásica novela inglesa finisecular decimonónica, romántica, decadente y tibiamente moralista, cuando quiso el Destino -ante la científicamente improbable existencia de Dios- o a lo sumo, la Energía, el Éter o el Prana -sustitutos de Dios, al decir de los más acérrimos fundamentalistas esotéricos- que me llegara la oportunidad de pegar el timonazo y cayera en mis manos uno de esos libros que componen la inmensa galería de "olvidados", pero que han sido señeros para otros autores posteriores. Me refiero a "Padres e Hijos", de Iván Turgueniev (Ed. Espasa, Colección Austral, 2007).
Después de mi "época rusa", transitada a mediados de los '90, donde me aboqué a la lectura de los más eminentes textos de ese origen, no había vuelto a ellos, un poco por falta de curiosidad y otro poco por saturación. Sin embargo, sabía que dejaba en el tintero a algunos autores que, si bien no son considerados por la crítica actual como de la talla de Tólstoi o Dostoyevski, no obstante han servido de guía para el desarrollo de la literatura y del pensamiento político ruso del siglo XX. Con este libro, comienzo a saldar aquella vieja deuda.
La obra
Es la historia de un par de compañeros adolescentes que regresan a sus aldeas luego de alcanzar una licenciatura. Uno de ellos, el ingenuo Arkadi Kirsanov, desciende de la nobleza rusa, mientras que el otro, Evgeny Bazarov, verdadero personaje principal, es de condición más humilde, dedicado a las "ciencias", con intención de convertirse en médico reconocido, y un "nihilista", definido como "aquél que no se doblega ante ninguna autoridad ni acepta ningún principio como artículo de fe". Ante ellos, se encuentran el padre y el tío de Arkadi, Nikolai y Pavel, representantes de una aristocracia que se extingue; Vasili, el padre de Bazarov, un más que modesto militar retirado, y una suerte de otros personajes pertenecientes a la nobleza, entre los que destaca la princesa Odintsova, una joven, bonita e inteligente viuda, junto a su hermana menor, Katia.
El autor utiliza la recia personalidad del protagonista para pintarnos un fiel retrato de la Rusia de su tiempo. Bazarov no es el militante revolucionario y violento que tendrá lugar a fines del siglo XIX (la novela está ambientada a partir de 1859), sino alguien dotado de sensibilidad y buenas intenciones, ocultas por su carácter ríspido y sus insolentes respuestas, quien necesita someter todo a la experiencia: una conjunción tomada de las ciencias médicas, la lectura del materialismo alemán y el análisis de la sociedad en que vive.
En el acontecer, ambos jóvenes nihilistas encuentran una contradicción inesperada: el amor; correspondido por la dulce Katia y denegado por la altiva Anna Odintsova, lo que ineluctablemente decide la suerte de ambos compañeros.
Conclusión
Ya Gogol había cuestionado en su obra "Almas muertas" el estado de total sumisión y primitivismo en que se encontraba el pueblo ruso, donde la nobleza zarista pagaba tributo en función del número de "almas" que existían en sus territorios, razón por la que cada noble disponía de la vida y de la muerte de esos seres, considerados siervos, criados, arrendatarios, campesinos, pero nunca personas.
La crítica a la clase aristocrática rusa, ociosa, ignorante, atrasada, junto a la falta de adelantos como caminos y comercios, la corrupción de la justicia y el estado de suciedad y dejadez -proclives a la enfermedad- en que se vive, por parte de un hombre que cree en la ciencia como base del progreso, es el motivo central que subyace en esta novela aparentemente romántica y costumbrista.
Pero el mayor acierto de Turgueniev es haber utilizado a la literatura como forma de clamar por la necesidad de mejoras y reformas sociales, en un tiempo en que el zarismo reprimía furiosamente cualquier intento renovador. Es la palabra y no los hechos de violencia la representante vanguardista de la necesidad de modernización social. Con ello, nos demuestra palmariamente que, cuando todos los canales naturales de expresión política se encuentran cerrados, es la manifestación artística el último recurso del que se vale la propia sociedad en pos de mejoras. Algo de lo que los argentinos, salvando las distancias y las épocas, aun tenemos doloroso recuerdo.