lunes, 17 de junio de 2013

Estéreo Transatlántico 1. Amores, aventuras e inconsciencia. El enamorado de la Osa Mayor, Sergiusz Piasecki



El Acantilado, 2006

           “Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio. Me gustaban mis compañeros porque nunca me habían defraudado. Era gente sencilla, sin formación. Pero, a ratos, me dejaba boquiabierto lo extraordinarios que podían ser. Y, en aquellos momentos, le daba las gracias a la Naturaleza por haberme hecho un ser humano.”
            Este párrafo inicial del libro, leído en un santiamén, decidió mi elección por él. Podía no resultar interesante, mas comenzaba auspiciosamente y no dudé en llevarlo. Fue uno de los cinco títulos que le propuse a Norah Bennett, cuando aceptó mi sugerencia de realizar la experiencia de leer un mismo libro, a miles de kilómetros de distancia entre ambos, rescatando el espíritu de este blog, luego que Claudia Pérez decidiera abandonar el proyecto que ella misma había gestado junto a mi. Fue Norah, entonces, quien lo seleccionó de entre ellos, lo concluyó antes que yo y tuvo la amabilidad de esperarme sin enviarme más que una cuota de aliento, indicándome que había sido de su agrado.
             Ambientado en la frontera polaca de la URSS en los años veinte del siglo anterior, esta novela tiene mucho de relato de aventuras y, sin duda, compila material autobiográfico. Su autor, nacido en 1899, supo luchar contra las fuerzas rusas en la Gran Guerra, se convirtió en miembro del servicio secreto ruso, pasó a ser contrabandista y bandolero, siendo condenado finalmente a muerte. Al ser invadida Polonia por Alemania, se le conmutó la pena capital por prisión perpetua y allí se le perdió el rastro. Una vida vivida con tanta intensidad no podría dejar otro testimonio que este libro.
            Aquí se narra la historia de Wladek, su protagonista, quien no ha llegado a la veintena y se vuelve contrabandista en la frontera ruso – polaca. Los pormenores de su inicio en el ‘matuteo’, las peripecias de su quehacer y la vida pródiga e irreflexiva propias de la juventud alternan con sus aventuras contra los soldados rusos y las demás compañías de contrabandistas –lo que se inicia como un tránsito de ‘alijos’ (cargas de materias de contrabando, en el argot del mundillo) concluye como ‘mejicaneadas’ (robo de dichas mercancías a otras bandas de delincuentes, y posterior comercio). Pero el libro no es sólo una suma de acciones destinadas a birlar la ley sino también un reflejo de una vida forjada con ausencia de límites, sin otros respetos mayores que las lealtades que se exigen entre gente fuera de la ley, con sus aciertos y defecciones, tratando siempre de guardar las apariencias para mantener el buen nombre en la sociedad local y dentro del gremio.
            En un estilo coloquial y dinámico, dividido en tres partes de quince capítulos cada una, Piasecki se las ingenia para contarnos tres años de una vida emocionante y peligrosa a la vez, con altas y bajas, ganancias siderales y pérdidas irreparables. Hacia el final, el libro toma un sesgo más emotivo y melancólico, propio de aquel que recuerda con nostalgia y añoranza a los amigos que ya no están, las relaciones humanas y el contacto con el aire libre y el cielo, que tantas veces le ha sido el único amigo a quien confiarse, justamente cuando el autor –protagonista en primera persona- se encuentra escribiéndolo privado de su libertad.
            Por lo demás, se lee fácilmente, con elementos que recuerdan las andanzas de Sandokan o de los personajes de Dumas; el libro abunda en fábulas y relatos cortos y ofrece una semblanza de la Polonia fronteriza tras la asunción bolchevique, volviéndose un testimonio literario de la época. Entretenido, se adecua bien para ser alternado con lecturas más profundas.
Marcelo Zuccotti

miércoles, 12 de junio de 2013

Resaca de un mundo del que sólo queda la nostalgia. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez


Sudamericana, 1995

           Esta anécdota empezó en 1987, cuando un amigo de entonces me regaló un ejemplar de este libro. Al encararlo por primera vez, la confusión en que me sumían los personajes, cuyos nombres perduran a través de las generaciones, me desanimaron y terminé por abandonarlo. A los pocos años insistí nuevamente, pero me aburría o me quedaba dormido. Lo cierto es que lo presté y nunca más volvió. En 1995, se anunciaba esta colección de la casa editora que incluía el título como estandarte, con lo que volví a comprarlo, dispuesto a enfrentarme a él. Tras varios intentos frustrados, a principios del año en curso me dije ‘si leíste el ‘Ulises’ de Joyce, este libro no debiera ser un problema’. Después de 25 años dando vueltas, lo leí de un tirón. ¡Ya era hora!
            Aquí se narra la historia de la familia Buendía, desde que José Arcadio funda Macondo, el singular pueblo donde transcurren los hechos, hasta que el último de sus descendientes desaparece, junto con la casa, poco más de un siglo después. En gran parte del texto conviven padres, hijos y tatarabuelas más que centenarias con una serie de vástagos y entenados.
            Las interpretaciones posibles son infinitas. Basta con acudir a la Red para encontrar muchas de ellas. Desde una que supone a la novela como la creación del mundo y el acontecer de la humanidad, hasta la que refleja nuestra vida posmoderna. Lo cierto es que cada lector debiera hacer su propia experiencia y rescatar para sí aquello que le resultó significativo al igual que en cualquier otra lectura.
            En mi caso, existen elementos que hacen del relato algo trascendente. Uno de ellos es la coexistencia real de muertos y vivos, capaces de entablar diálogos entre ellos. Otro, la alegoría de la conversión de Macondo en un “pueblo bananero”, a merced de la expoliación y desparpajo de los intereses económicos de una empresa y que una vez esquilmado vuelve a su pobreza habitual. Uno más, es el hecho de descubrir que la historia estaba escrita desde el inicio en un pergamino y que sólo concluye cuando el último de sus personajes puede comprenderla. En fin, un libro complejo, pasible de varias lecturas en distintos planos, en el que siempre será posible encontrar guiños al lector, referencias a otros textos, mensajes y enfoques nuevos cuando se lo intente releer.
            Por último, considero que ha sido el estilo literario el que muchas veces me impidió la conclusión de su lectura en tantas ocasiones previas. Particularmente, el texto se me ha vuelto algo cansino y denso promediando sus páginas. No me resultó todo lo fluido y dinámico que hubiera necesitado para proseguir con el desarrollo de la trama, y en esa lentitud creo que se encuentra el origen de la causa de mis abandonos. Por supuesto, el maravilloso final, tan profundo como poético, justifica todas y cada una de las páginas anteriores; solo que yo le hubiera quitado algunas. Pero entonces, correría el riesgo de no poder cumplir con los cien años del título. Un muy buen libro, para leer con tiempo.

Marcelo Zuccotti

viernes, 7 de junio de 2013

Preludio del nazismo. Paradero desconocido, Kressmann Taylor


RBA, 2001

            El libro nos fue sugerido por otra lectora que lo redescubrió y nos lo hizo conocer hace pocos días. No soy un amante de títulos cuya trama se desarrolla como intercambio epistolar, mas la experiencia vivida al leer el libro de Hanff, del que algo he comentado en este mismo espacio, al menos me ha vuelto tolerable su lectura.
            Este brevísimo volumen es una compilación de cartas entre dos marchands de arte, situados en San Francisco, California. Uno de ellos, Martin Schulse, emigrado tras la Primera Guerra Mundial, decide regresar a Alemania junto a su familia, estableciéndose en Munich en 1932, en vísperas del ascenso de Hitler. Max Eisenstein, estadounidense de origen judío y socio de Schulse, se cartea con él. Lo que parecía ser un sólido vínculo entre amigos comienza a deshilacharse con la llegada del nacionalsocialismo el poder.
            Lo destacable del libro es la metamorfosis que va sufriendo Schulse, desde sus dudas iniciales sobre Hitler, hasta su fanatismo partidario por el mesiánico Líder. En este aspecto, el texto acompaña los cambios suscitados en Schulse quien, adoctrinado por la propaganda nazi sobre los judíos, rechaza mantener la amistad, explicando sus razones –las mismas que esgrime el gobierno nazi-. El final del volumen no tiene desperdicio.
            Pero el relato no es sólo una descripción objetiva de la tragedia colectiva que vivió la Alemania nazi, sino que entre líneas puede encontrarse también una velada crítica a los vencedores de la Primera Guerra –fundamentalmente, a las consecuencias nefastas del Pacto de Versalles, que sumió en la miseria al pueblo alemán-, cuyas imposiciones fomentaron la aparición de un líder que terminara con las penurias y las humillaciones. Además, esa crítica se extiende hacia la concepción liberal de la economía que, con su expansión imperialista por nuevos mercados, sumió en la indigencia y expolió vorazmente a sus colonias, sin que el pueblo alemán pudiera tomar partido de ello. Simplemente, Alemania llegó tarde al reparto y esto motivó la Gran Guerra, de la que Hitler fue su beneficiario. Esto último no lo dice la autora, pero lo deja entrever.
            Por lo demás, el estilo es coloquial y ameno, sin golpes de efecto y con un desenlace ingenioso y creativo. Algo difícil de encontrar, mas para no perder.

Marcelo Zuccotti

domingo, 2 de junio de 2013

Romántica imagen de la vida rural. El sendero en el bosque, Adalbert Stifter


Impedimenta, 2008

              Fueron dos las razones que coincidieron al hacerme de este libro. La primera, la curiosidad que me ha generado la obra de este autor, de quien aun espero acceder a un ejemplar de ‘Verano tardío’, considerada en el medio literario como su obra más representativa, libro que no ha aparecido por estas costas, aunque sí se encuentra editado en castellano. La otra, el hecho de que esta novel casa editora incluye un número importante de títulos y autores no presentes habitualmente en el catálogo de ofertas de otras más reconocidas, que sugiero consultar.
               Esta novela corta, ubicada en el ámbito rural mediterráneo del siglo XIX, narra la historia de Tiburius Kneight, un acomodado joven heredero, algo hipocondríaco, que decide acudir a los enciclopédicos libros de medicina para establecer qué lo aqueja, pues no confía en los facultativos locales. Excéntrico y solitario, visita a un médico retirado quien le aconseja cambiar de aires y tomar esposa en algún lugar de moda. Sin meditar en esto último, acepta la propuesta y asiste a un balneario entre las montañas. Allí tendrá lugar una profunda transformación en su espíritu debido al contacto con la naturaleza, que despertará su lado emocional y artístico, encontrando el amor en una campesina autóctona.
                Kneight encarna al joven romántico, de altos ideales y objetivos, incapaz de lograr modificaciones sociales debido a su pertenencia a un estrato con recursos económicos. En ese sentido, es un ‘hombre superfluo’, arquetipo de los protagonistas europeos del norte, muy extendido en la primera mitad del siglo XIX, con que Pushkin definía a aquellos jóvenes con cierto grado de instrucción –éste no es el caso- cuya dependencia de clase paralizaba su accionar.
            Es una novela romántica clásica, de naturaleza bucólica, en la que destacan más las descripciones del entorno geográfico que las emociones de sus personajes, un tanto estereotipados y acartonados. De final feliz y previsible, la novela resulta apropiada para una tarde otoñal.

 Marcelo Zuccotti

martes, 28 de mayo de 2013

Perfumes de vida. Aromas, Philippe Claudel


Salamandra, 2013

           Tras la experiencia de ‘La nieta del señor Linh’, libro que me agradó sobremanera, no quise dejar pasar la oportunidad para volver a Claudel al encontrarme con este título de novedosa aparición. La brevedad de su extensión junto a un costo más que razonable lo depositaron rápidamente en el mostrador de la tienda de libros. Decidí intercalar su lectura con otro título mucho más voluminoso.
            Este libro está constituido por un conjunto de evocaciones repartidas entre la infancia y la adolescencia del autor, ordenado mediante una palabra o frase corta que resulta el elemento disparador del recuerdo. Así, reúne en descripciones que no superan las tres páginas una colección de recuerdos que tienen como hilo conductor olores característicos, únicos, que Claudel ha rescatado de lo profundo de su memoria para disponerlos alfabéticamente, con un estilo simple y fluido que se debate entre lo coloquial y lo poético.
            En su interior se dan cita fragancias de los bosques de Lorena, la loción de afeitar de su padre, el que exhalan las personas en su vejez, el sexo femenino, las sábanas limpias, la humedad de los internados, el pantalón de pesca, entre varios otros. Es en verdad una combinación que tiene mucho de evocativo y de ejercicio de estilo literario, intentando hacer coincidir la imagen del recuerdo con las palabras más adecuadas para describirlo fidedignamente, transportándonos a esa circunstancia. En este sentido, lugares, personas y objetos que han sido significativos para el escritor son los sujetos de sendos relatos expuestos con una prosa elegante y sencilla.
            Al transitar sus páginas, el lector no puede dejar de pensar que Claudel ha querido rendir un acabado homenaje a dos de sus afamados compatriotas colegas; me refiero a la prosa engolada y suntuosa de Marcel Proust y a la dulzura poética de Charles Baudelaire. El texto lleva elementos de ambos, integrando la importancia que otorga a los aromas en sus descripciones el primero con la sutileza y emoción que caracteriza la poesía del segundo.
            Es un libro para deleitarse, disfrutándolo tras un día agitado, en la quietud del hogar, sobre un sillón cómodo, en bata y pantuflas, con una lámpara a media luz como única compañera y, acaso, la mirada esperanzada de una mascota como fiel testigo de nuestro solaz. Su cálida intimidad así lo propone.

Marcelo Zuccotti

jueves, 23 de mayo de 2013

La esclavitud de una ausencia. La mujer de Wakefield, Eduardo Berti


Tusquets, 1999

            Hace casi un año atrás, comentaba en este espacio mi entusiasmo después de leer ‘La casa de los siete tejados’, de Nathaniel Hawthorne, que disparó la lectura de ‘Wakefield y otros cuentos’ del mismo autor. Poco después, llamó mi atención encontrar este título en las estanterías de una librería local, pues resonaba en mi el cuento homónimo. Aguijoneado por la curiosidad, vi que se trataba de una construcción en base a ese relato. La autoría de un escritor vernáculo potenció la intriga y terminé llevándolo.
            Esta novela es una suerte de ‘elaboración desde el otro lado’. Charles Wakefield después de 12 años de matrimonio decide abandonar su hogar –sin motivo alguno y sin mediar comunicación- e instalarse a escasas cuadras del mismo, cambiando sólo su aspecto mediante el uso de una peluca. Pasan veinte años antes de que decida su regreso junto a su esposa, a la que ha identificado muchas veces durante ese tiempo.
            Basado en esto, Berti construye la historia de lo acontecido con Elizabeth Peabody, esposa de Wakefield, mientras éste vive su vida, lo que el propio Hawthorne se encargó de eludir en su texto. Desde la partida de su marido hasta su retorno, Berti nos va mostrando distintas realidades que debe afrontar la propia protagonista. Así, comenzando con una espera que se convierte en desilusión y luego en resignación, Elizabeth decide seguir viviendo sin renunciar en ninguna ocasión a ser la esposa de un ausente. Es esa devoción –o esclavitud- al rol que la sociedad le ha impuesto a través de la institución matrimonial la que rige su vida.
            Pero hay varios elementos que hacen que esta novela cobre una dimensión distinta. En primera instancia, el carácter dicotómico de su personaje principal. En un diario personal va volcando todas sus experiencias en forma de frases que se inician con ‘la gente se divide en…’. Para ella, todo es blanco o negro pero, paradójicamente, su vida transcurre en un gris indefinido. Luego, Elizabeth descubre el paradero de Wakefield. Este elemento le otorga fuerza dramática, pues ella lo ve, sabe de él y aun así mantiene su decisión de no interferir en la vida elegida por su cónyuge. De hecho, lo asiste con comida cuando pasa penurias, etc. Finalmente, ambientado en el Londres de 1811, Berti se las ingenia para respetar el puritanismo de la sociedad inglesa, en la que no está bien vista una mujer sola. Porque si existe una dificultad que debe enfrentar la esposa abandonada es, justamente, ese abandono, pues su vida deja de ser importante para la sociedad; ha perdido su razón de ser, queda condenada al ostracismo y la soledad.
            Con elementos temporales adecuados –la Revolución Industrial con su saga de hambre, el inicio de un adulterio por parte de su hermana, el uso indispensable del luto, la solicitud de matrimonio de un pastor-, el libro se vuelve ameno y fluido. Su estilo coloquial y sus precisas descripciones profundizan el deleite de su lectura. Si bien considero excesivo el uso del recurso de las apariciones del narrador dirigidas al lector, esto no empaña el desarrollo ni la delicadeza con que fue escrito. Sin duda, es una de las tantas posibles variantes que el texto original ofrece a quien quiera continuar con la historia, pero la presente está muy bien lograda.
           
Marcelo Zuccotti

jueves, 16 de mayo de 2013

Cuentas pendientes. El sentido de un final, Julian Barnes


Anagrama, 2012

          Después de mucho tiempo he vuelto a Julian Barnes. Fue uno de los primeros autores ingleses contemporáneos al que acudí, de la mano de amigos que ya habían transitado su obra. Cuando en 2008 participé de una serie de charlas organizada por una casa local especializada en libros en inglés, descubrí y disfruté mucho de autores de la talla de McEwan, Gordon Swift, Hanif Kureishi, Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie y Barnes, todos miembros del ‘British Dream Team’ con que se conoció ese ciclo. De hecho, había presenciado en las escalinatas del Malba -Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires- a través de una pantalla gigante, los diálogos que el autor sostenía con personajes del mundillo literario vernáculo, al ser invitado por el British Council en febrero de ese año, del que queda el testimonio visual que prosigue. Ciertamente, habiéndosele otorgado el Booker Man Price por esta obra, era casi una obligación leerlo.

           Tony Webster, un hombre de más de sesenta años, nos narra en primera persona un episodio de su vida. Él y tres amigos de la secundaria –preparatoria- formaban un grupo compacto hasta que apareció Adrian Finn. Cuando pasaron a ser cuatro, Webster intentó convertirse en su mejor amigo. Al poco, Tony conoció a Veronica y comenzaron a salir. Tiempo después de romper, Adrian solicitó a su amigo el permiso para noviar con su antigua ex. La vida los alejó lo suficiente como para enterarse del suicidio de Adrian, que originó especulaciones sobre sus motivos. Lo que resulta inesperado es que, después de 40 años, la madre de Verónica al morir legue en herencia 500 libras a Tony, junto al diario de Adrian, ahora en poder de Veronica, quien no quiere allegarle el manuscrito.
            Planteado de esta manera, Barnes repasa a través de Tony un sinnúmero de preguntas que imagino todos nos haremos –o ya nos hacemos- acerca del pasado y su influencia en el presente. Es un libro lleno de evocaciones de los ‘60 –pues ése es su ambiente-, que trasciende atemporalmente las generaciones. No obstante, hay reflexiones que no son fáciles de dejar pasar sin consideración,
“Se me ocurre que aquí puede residir una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás.”
            En lo personal, el libro –fluido y dinámico- se lleva bien hasta la mitad. Cuando se intenta dar a conocer parte del diario de Adrian y deriva en un desenlace que busca un golpe de efecto, el texto desbarranca y se vuelve poco creíble. Considero que no está a la altura de otras obras, como ‘La mesa limón’, ‘El loro de Flaubert’ o ‘Hablando del asunto’, aunque su estilo campechano y coloquial permanece reconocible. Mas ha tenido tanta aceptación por parte del gran público, que mis líneas no dejan de ser –como siempre- una apreciación personal; honesta, eso sí, de buen lector. Habrá que ser capaz de pasar por la experiencia.

Marcelo Zuccotti