viernes, 10 de abril de 2015

Cordón umbilical. El lago, Banana Yoshimoto


Tusquets, 2013

            Fue uno de los libros elegidos por Norah para el pasado año y lo apunté al final, no cuando publicó su reseña. Se la leía tan convencida de la historia que no me quedó otra opción que hacer la experiencia, aun con cierto grado de escepticismo dado lo trillado del tema.

          Chihiro y Nakajima rondan la treintena. Ambos viven en Tokio solos, en sendos apartamentos separados por una calle; un buen día comienzan a saludarse y a entablar cierto vínculo de amistad. Ella, una muralista que empieza a ser reconocida en el medio; él, un genetista que prepara su doctorado con intención de viajar a París para ahondar sus conocimientos en la especialidad.

          Tienen en común la pérdida de ambas madres. Para Chihiro, supone un motivo de alejamiento de su pueblo natal, puesto que al no haberse casado sus padres y ser hija natural, nada hay que la ate al terruño, ahora que la figura deletérea de su madre ya no está. Para Nakajima, la muerte de su madre es aún peor, dado que ella encarnaba la presencia absoluta que todo niño necesita de confiar en su rescate, en situaciones extremas. Así, el texto estructura una relación entre jóvenes independientes, exitosos a su manera, que arrastran la necesidad de elaborar sendas relaciones con sus progenitoras.

             Chihiro nos va relatando lo que le pasa a medida que transcurren los hechos, sin omitir sentires y pesares. El descubrir la atracción que ejerce la naturaleza desgarbada e inasible de Nakajima, se superpone con la necesidad de éste de sentirse acompañado. De allí que ambos decidan convivir amigablemente. Pero Nakajima es dueño de un oscuro pasado, que sólo será develado al final del texto.

            Unos personajes amigos de Nakajima, que viven en las cercanías de un lago, se transforman en el elemento desencadenante del relato, confiriéndole al mismo ciertos ribetes mágicos y místicos.

            Fluido, con modismos propios de la edad, una mirada descarnada y realista pero sin muchas expectativas respecto del vínculo entre ellos, ambos personajes deambulan entre el presente y ese pasado que requiere una mirada nueva, que trascienda una relación marcada por la omnipresencia de la figura materna, para así poder crecer y dejar de lado el cordón umbilical que los ha unido a ellas por razones bien distintas.

              Es un libro al que se le puede extraer el jugo cuando nuestra situación es de extrema vulnerabilidad; cuando sentimos que todo nos aflige. Para otros momentos, es un buen libro sin más.

viernes, 3 de abril de 2015

El otro lado. Eldorado, Laurent Gaudé


Salamandra, 2007


              Lo apunté ni bien salió, hace unos años. Parecía que arrastraba el éxito del libro anterior, aunque con otros matices. Como siempre, por olvido o desidia, lo dejé pasar. Con motivo de la apertura de una nueva sucursal de una cadena de librerías, ahora cercana a mi lugar de trabajo, decidí visitarla y me deparó la sorpresa de hallar este título entre sus anaqueles, hoy totalmente desaparecido.

             Tema interesante el de la migración ilegal, en este caso entre africanos y europeos. Unos, que intentan una y otra vez alcanzar una mísera chance de vivir mejor, dejando atrás un pasado de hambre e ignominia; los otros, tratando de defenderse de la invasión a la que no podrían hacer frente sin al menos poner en peligro su –pseudo- bienestar.

            Salvatore Piracci, de cuarenta años, vive solo en Catania. Hace más de veinte que pertenece a la marina de Italia y tan sólo cinco que comanda un buque cuya misión es interceptar todo tráfico de ilegales provenientes de la costa africana. El fugaz reencuentro con una mujer que rescató en una de sus misiones despierta su interés en saber cómo será abandonarlo todo en busca de una quimera.

             Del lado de enfrente, Soleimán, un joven sudanés, emprende el camino que tantos como él acarician a diario, con el dinero necesario para embarcarse en la aventura de cruzar el Mediterráneo con vistas a lograr un destino mejor. No son pocas las peripecias de su travesía, en la que abundan peligros a sortear tanto como gestos de fraternidad y cierta esperanza de éxito. Ambas historias se cruzarán en una instancia tan decisiva para uno como para otro.

            Con escasez de palabras, mas no de imágenes y escenas que confieren solidez al relato, haciendo gala de un estilo no exento de poesía, Gaudé va entretejiendo una historia conjunta de sueños, anhelos y fantasía que puedan remontar la mediocridad, la soledad y el futuro sombrío y sin perspectivas que transitan sus protagonistas. Así, esa búsqueda de otra realidad posible, ese Eldorado, mezcla de mito y leyenda americana en la que tantos conquistadores creyeron poder encontrar el paraíso en la Tierra, vuelve a encarnar, esta vez en forma de cruzar la propia barrera y descubrir qué hay del otro lado.

           Días después de concluir la lectura, el periódico notificaba que 330 africanos subsaharianos que escapaban de guerras locales, desempleo y miseria, murieron cerca de las costas de Lampedusa –donde transcurren los hechos de la novela- al naufragar cuatro embarcaciones semirrígidas provenientes de Libia. Una vez más, la realidad se esfuerza en desdibujar la línea que la separa de la ficción. 

              Por último, mientras despuntaba el noble vicio de leer, algo resonó en mi interior y salí en busca de una referencia musical. Acudí al mítico trabajo de la Electric Light Orchestra, editado en 1974 bajo el mismo título de marras, y repasé ese ambicioso proyecto sinfónico pista tras pista. Hasta hoy, la reflexión sobre nuestros sueños que propició la conjunción mítico – literario – musical no me la puedo quitar de la cabeza.

viernes, 27 de marzo de 2015

Conexiones. Niveles de vida, Julian Barnes


Anagrama, 2014

            Leer a Julian Barnes es siempre una invitación a una lectura sentida, emotiva, donde encontramos el vocablo más apropiado a la descripción de los sentimientos más profundos y, por ello, más comprometido. Si bien él mismo se encarga de sostener que el lenguaje nunca será el medio más idóneo –si alguno hubiera- para expresar sentires, lo cierto es que en sus obras abundan pasajes que provocan si no empatía, al menos reflexión.

            Este libro no es una novela in stricto sensu. Tampoco es un conjunto de relatos independientes. Más bien es una conjunción sobre el amor, el desencuentro, el dolor y la aflicción debido a la pérdida; una meditación sobre el duelo formulada en voz alta, para que todos tengamos acceso a aquello que anida en el interior de los que han tenido la desgracia de perder su compañero/a de la vida.

            En una primera parte, se entremezclan fotografía y vuelos en globo, a través de la figura de Nadar –en verdad, Félix Tournachon-, quien albergaba la intención de fotografiar desde el aire la ciudad de París y convertirse en el ojo de Dios. En la segunda, se narran los hechos entre Fred Burnaby, un aventurero inglés interesado en los viajes en globo, y su declarado amor –frustrado- por Sarah Bernhardt. Ambas escenas están ambientadas en el siglo XIX.

            Finalmente, la tercera parte es un soliloquio que Barnes realiza ante el vacío propiciado por la pérdida de Pat, su esposa durante treinta años. La historia que narra no me es ajena; en el último año de su existencia, Pat y Julian visitaron Argentina y Chile –algo de lo que Barnes deja testimonio en su contenido-, de lo que he sido un ínfimo testigo ocasional. La declaración de un amor inconmensurable, más allá de la existencia y del tiempo, que ocupa casi la mitad final del texto, toma ribetes de profesión de fe y entrega sin medida a aquella que, aun ausente, mantiene su presencia en cada hecho, en cada momento. En este aspecto, no es un texto melancólico ni nostálgico; resume la imposibilidad de alguien que ha compartido la esencia de su vida con otro, en siquiera proponerse seguir adelante, porque su futuro carece de sentido sin su compañía. Es una descripción soberbia de aquel que tiene que elaborar el duelo, pero no sabe cómo ni tampoco qué sentido tiene.

            Fluido, con cierto sesgo existencialista y dueño de una prosa que oscila entre la mesura y la pena desnuda, Barnes compone uno de sus mejores textos personales. Así, el libro expone distintos vínculos entre seres humanos. Por momentos, he evocado a James Burke, en su exitoso ciclo titulado Conexiones; por otro, la última parte me recordó a C. S. Lewis en su análisis del dolor de la pérdida, que ya he comentado en este espacio. Por todo, un libro interesante.

viernes, 20 de marzo de 2015

Jóvenes de ayer. Los viejos demonios, Kingsley Amis


Lumen, 2011

          Este libro me lo recomendó un ex – alumno con quien compartimos el placer de leer. Para colmo, por este título le habían otorgado el afamado Booker Prize a Amis en 1986. Si a esto le agregamos que fue el padre del célebre Martin Amis, ya eran muchos los motivos por el cual leerlo.

          Cuatro parejas de amigos galeses, quienes mantienen un vínculo desde sus años mozos y se conocen demasiado bien –todos ahora en sus sesentas- reciben la sorprendente noticia que el matrimonio Weaver, después de décadas de ausencia en el vecindario, han decidido retirarse de su vida londinense y radicarse en las inmediaciones. Alun, un frustrado escritor pero reconocido por encarnar frente a las cámaras de TV el rol de abanderado de Gales, y Rihannon, otrora dueña de una belleza proverbial, van a ubicarse en las cercanías, con lo que las historias de juventud se reavivan y el pasado renace.

            Así, nos enteramos que el conductor mediático ha sido –y es aun- un gran mujeriego, que ha tenido amoríos con las esposas de todos sus amigos; y que su bella cónyuge conserva sus encantos, con los que despierta la envidia de sus viejas amigas. El resto, lo aportan las escenas domésticas entre los personajes.

         Lo destacable de esta novela no sólo son las circunstancias que enfrentan sus protagonistas –que bien podrían enmarcarse dentro de lo que se conoce como ‘comedia de situaciones’ o, simplemente, sitcom- sino que además se exponen celos, adulterios y otras bajezas propias de la naturaleza humana junto al deterioro que el paso del tiempo ha infligido a esas parejas, que se mantienen unidas más por inercia que por motivos valederos.

            Ambientada en el Gales de los ’80, la narración hace gala de un fino humor inglés que descree absolutamente en la amistad y camaradería, acompañado de memorables borracheras, en las que las mujeres no van a la zaga de sus maridos y compiten mano a mano en sus ingestas etílicas.

            Fluido y coloquial, con golpes de efecto que fortalecen la trama, la lectura resulta amena y entretenida. Una mirada ácida acerca de esos jóvenes de ayer que se conservan juntos por años y en cuya intimidad las cosas jamás son como se muestran. Un libro muy inglés.

viernes, 13 de marzo de 2015

Vitral criptográfico. La tierra baldía, T. S. Eliot


Cátedra, 2006


           Lo tenía en la estantería hacía tiempo ya, pues sabía de las bondades de la obra, pero me faltaba un empujón para encararlo. El mismo, provino de dos circunstancias; la primera, del personaje homónimo del autor que aparecía fugazmente en el film Midnight in Paris, de W. Allen, que me lo recordó. La otra, a través de la entereza de Utopía para entregarse a la lectura de Finnegan’s Wake cuyo aliento disparó la lectura.

            Me gusta la poesía como género. Sospecho que en ese puñado de palabras, que respetan o no métricas y rimas, se halla un eslabón poco frecuente pero tan necesario para la expresión como la razón: la intuición, la sensación. Leer poesía es un ejercicio que se vincula con la emoción. Lo que no imaginaba es que ese ejercicio podría volverse tan complejo.

            Este libro son muchos libros. Eliot construye su poema utilizando siete lenguas, una multitud de referencias a autores y filosofías tan dispares como Dante, Shakespeare, el sermón de Buda, los Upanishads, los Evangelios, sin privarse de la leyenda del Santo Grial, mancias como el Tarot y las realizaciones de Wagner basadas en los mitos (Tetralogía de los Nibelungos, Parsifal).

            Realmente, el contenido resulta enigmático, oscuro y críptico. La idea principal que sobrevuela todo el poema es que el alma humana, para encontrar su plano de realización, necesita despojarse de todo trasfondo material y de satisfacción de su placer y atravesar la desolada tierra de sus pulsiones y anhelos, para así poder alcanzar la plenitud espiritual. Pero su enfoque no es muy esperanzador.

           El texto se compone de fragmentos que responden a espacios temporales superpuestos, con inclusiones antropológicas y exposición de estados de conciencia en los que el pasado y el presente son reelaborados de manera de reflejar una realidad que excede lo temporal. Es así que el estilo elegido semeja a un vitral, donde cada fragmento aporta una suerte de coloratura al conjunto, otorgándole unidad sin por ello perder su identidad propia. Por otra parte, su contenido se vuelve tan abstruso que el propio autor sintió la necesidad de incluir cierta dosis explicativa hacia el final de la obra.

             Afortunadamente, como tantas otras veces, esta edición de Cátedra cuenta con un análisis de obra y autor que permiten esclarecer muchos de los símbolos ocultos en su estructura.

        Junto con el Ulises de Joyce, parece ser otro ejemplar de experimentación literaria de la pujante vanguardia modernista, propia de los comienzos del siglo XX. Tan desconcertante como interesante.

viernes, 6 de marzo de 2015

En el frente. Compañía K, William March


Libros del Silencio, 2012


              Fue el comentario de un amigo el que lo sugirió hace ya un tiempo. Al poco, yendo en búsqueda de otros títulos, no pude soportar la tentación de verlo y no llevarlo. Fue una elección afortunada; algunos meses después, al fallecer su director, la casa editora decidió cerrar sus puertas definitivamente. Hallar algún título remanente se ha vuelto toda una quimera.

        Este libro narra la historia de una compañía de Marines norteamericanos que se alistó voluntariamente para participar en el frente francés de la Primera Guerra Mundial, en 1917. A través de sus páginas no sólo encontramos los horrores propios de muertes espantosas y mutilaciones varias, sino los actos más viles y cobardes, defecciones y psicosis de guerra, entre escenas de violencia y desesperación.

            Lo original no es tanto el estilo directo y descarnado de las descripciones de los hechos, sino la manera en que March, partícipe y espectador a la vez, decidió estructurar esta suerte de protesta anónima del sinsentido de la guerra, utilizando ciento trece relatos –que llevan el nombre y apellido de cada integrante de la unidad de combate- cuyo contenido entremezcla las historias y en los que hasta los muertos pueden indicarnos qué les ocurrió.

            Acompaña al ejemplar una Introducción en la que se intenta comparar el presente con Trampa 22, de Joseph Heller, y Sin novedad en el frente, de E. M. Remarque, libros de marcado antibelicismo. Lo interesante es que el libro de marras fue escrito en 1933, mucho antes que los otros, volviéndose así un precursor de la denuncia.

          Las expectativas de la llegada al frente, las acciones y sus consecuencias, los pormenores del día a día y de la desmovilización y la reinserción en la sociedad de aquellos que pudieron sobrevivir, aun heridos, son expuestas en detalle, sin eludir el drama ni el humor irónico, en un grupo de jóvenes al borde de la locura tanto como de la muerte.

               Un libro que enseña como ninguno la realidad del frente de guerra y que exhibe sin pruritos el despropósito de semejante espanto. Crudo y aleccionador.

viernes, 27 de febrero de 2015

Partir dignamente. Antes de morirme, Jenny Downham


Salamandra, 2009

              Lo encontré en la blogosfera y lo apunté porque había conmovido hasta las lágrimas al autor de la reseña en varios pasajes de su lectura. Como yo había vivido una situación semejante a una edad próxima a la de la protagonista, me picó la curiosidad de ver cómo trataba la autora un tema que aun después de tantos años me sigue resultando espinoso.

            Tessa Scott tiene dieciséis años, está enferma de leucemia y se le ha notificado su estado terminal. Lo que sigue es una narración en primera persona de lo que ha de ocurrirle a lo largo de sus últimos meses en esta tierra, con sus anhelos, sus sueños, su apropiación de la enfermedad y de los flashes que han de signar su camino hacia la muerte.

            Con enorme consciencia de su destino, Tessa establece una lista de diez cosas que querría hacer antes de partir; entre ellas se cuentan tener sexo, infringir leyes, ingerir drogas, conducir sin licencia y otras del mismo tenor, que irá cumpliendo en la medida de sus posibilidades. Con un padre que ha renunciado a su trabajo por atenderla, una madre otrora ausente pero presente en estas circunstancias, un hermano más pequeño, una amiga compinche y un vecino que termina convirtiéndose en pareja, Downham construye un relato sobre la familia, el amor y la amistad que, por momentos, parece indisoluble aun cuando su personaje principal se ausente.

            De estilo ameno y fluido, la novela expone la entretela de quien asume su próxima partida y decide vivir intensamente los momentos que le quedan, sin respetar leyes ni códigos, con la impunidad que brinda el estar más allá de la sanción, si cabe. Enfocada siempre desde la perspectiva de su protagonista, la autora nos va haciendo conocer lo que acontece con ella y su entorno en el tránsito hacia su final. Amores, desencuentros, descubrimientos, ternuras y un sinfín de imágenes se agolpan, alternando emotividad y buen humor. Hacia el final, se vuelve sensiblero y lagrimoso, entendible en el contexto, sin excusa para tildarlo de algo superficial y empático. Debe ser que la narración del dolor nunca se siente como el dolor mismo. Por lo demás, un trabajo sólido, bien compuesto, aunque de una tristeza sin esperanzas. Tessa encarna una partida digna.

          Un último párrafo para el final del libro. La autora agradece a sus compañeros del Proyecto Literario –léase ‘taller’- con quien ha compartido la tarea de escribir, por su apoyo y aliento. Debo confesar que no creo mucho en ellos, y si bien les reconozco que han sido y son de gran ayuda a muchos noveles escritores, lo cierto es que sospecho que el negocio editorial ronda como ave rapaz nocturna en busca de nuevas presas conque ensanchar el mercado, intentando descubrir ‘nuevos autores’ con los que hacer pingües ganancias, proponiendo temas on demand o de diseño gourmet. Por supuesto que algunos de los que participan en ellos asisten justamente por eso, para poder ser parte del mismo –aunque imagino que son los menos-. Pero para quien suscribe, el talento narrativo o ficcional es innato –si no, Matthew G. Lewis no habría podido escribir a sus diecinueve años y en solo diez semanas esa belleza de libro llamado ‘El monje’-; lo que sí puede pulirse es el estilo. Valgan estas líneas, entonces, como explicación de mi escepticismo ante este tipo de libros y autores.