Funambulista, 2009
Lo vi
en la blogosfera hace un tiempo y lo apunté por no disponer de otro título suyo,
tras leer su clásico El corazón de las
tinieblas unos años atrás. Lo cierto es que éste se incluye en otra obra
suya, Cuentos de inquietud, pero la
casa editora lo publicó en una edición en cartoné, tan cuidada y atractiva que
no podía menos que llevarlo.
Alvan Hervey es un londinense cuarentón,
casado desde hace cinco años y con una vida acomodada. Cultor de vínculos
sociales, se ufana del reconocimiento que le prodigan sus amigos y conocidos.
Mas todo ese fulgor espurio se desmorona una noche, al encontrar en su casa una
carta donde su mujer le notifica su abandono del hogar conyugal en pos de otra
relación. El hecho en sí no se materializará, en definitiva, pues ella se arrepiente
antes de consumarlo –de allí el títulos-, pero la confesión de infidelidad
suscita todo tipo de sentimientos que pugnan entre sí.
Esta nouvelle posee dos momentos nítidos. En el primero se narran los
sentires y reflexiones de Alvan quien, en ausencia de su cónyuge, desata su
furia y el pesar de haber sido estafado. Para ello, Conrad opta por utilizar la
técnica del monólogo interior –pues para Alvan la servidumbre no debe enterarse
aún de lo ocurrido-. Luego, alterna diálogos con una serie de gestos que
tienden a reforzar la comunicación verbal.
Yendo a la trama, el narrador define
la realidad de la pareja en un párrafo memorable,
‘Se entendían mutuamente
con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos
en una conjura que hubiera de reportarles beneficios; eran incapaces de
considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz
de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por
la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos
hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los
espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente
tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las
heladas.’
Alvan parece más pendiente de lo que
dirán los demás, que de lo que anida en su interior. Mientras se
debate entre qué debe hacer y su autocompasión, el retorno de la mujer infiel
–cuyo accionar no ha superado el grado de tentativa- permite contraponer la
vida superficial elaborada a partir de convencionalismos sociales, con la
pasión que arrasa. Así, cada personaje asume una de estas posturas y el lector
oscila entre ellos, pues la empatía inicial con el ofendido da lugar a la posterior
comprensión del sentir de su mujer, al no hallar más que motivos vanos y huecos
en el primero.
Destaco la escasez de elementos para
construir un relato que mantiene la tensión hasta el final. El uso de frases
inconclusas, diálogos entrecortados y vacilantes, unido a la minuciosa
descripción del entorno donde toma lugar la historia, y la multitud de
registros auditivos y visuales que acompañan a escenas, tan intensas como una
pincelada sobre una tela, hacen de esta obra un modelo de impresionismo
literario. Conrad ejerce su maestría a la hora de expresar una emoción o una reflexión
más con el silencio que con lo dicen sus personajes.
Fluido y conciso, sorprende que un
texto tan cotidiano haya sido escrito hace un siglo. Sin embargo, sigue siendo
un fiel exponente de nuestro acontecer. Y de la buena literatura, claro.


