Galaxia Gutenberg, 1997
Lo
apunté cuando apareció un compendio de su vida en una revista que repasaba su extensa
trayectoria tanto literaria como política, poco antes de su deceso en 2011. La
diosa Fortuna permitió que me allegara el único ejemplar disponible, días
previos a que otro lector –entusiasmado por el mismo artículo, seguramente-
fuese en su busca a la histórica librería donde lo hallé. Mi interés por esta
destacada figura de las letras checas radicaba en saber cómo un escritor y
dramaturgo devino presidente de la república, tras algunos años de prisión.
Particularmente esta obra, condensa en gran medida su pensamiento.
El libro es una selección de cartas
enviadas a su esposa desde las cárceles donde estuvo recluido desde junio de
1979 hasta septiembre de 1982; cartas escritas a razón de una por semana, único
privilegio del que gozaba mientras permanecía cumpliendo condena por ‘delitos
contra la seguridad del estado’, una graciosa manera que las autoridades checas
encontraron para silenciar a un opositor político.
Se hace necesario citar varios planos del
material que compone el libro. En principio, Havel fue arrestado y destinado a
la cárcel de Ruzyně, en Praga, mientras se efectuaba su proceso judicial –los
últimos meses de 1980-. Las cartas de ese período lo muestran algo nervioso y
ansioso por conocer el dictamen, mucho más pendiente de sus necesidades de
recluso –enseres, cigarrillos, vitaminas, etc.- y de su acontecer cotidiano,
que de su elaboración literaria Una vez
condenado, al ser enviado a la prisión de Heřmanice donde debió realizar tareas
de soldador, sus escritos se ven modificados pues la censura carcelaria sólo le
permite hablar de sí mismo, con lo
que Havel comienza a profundizar en sus reflexiones y a ordenar sus ideas.
Es entonces que, obligado a convertirse
en el nervio central de su discurso epistolar y haciendo uso de conceptos
tomados de la fenomenología de Husserl y de Merleau-Ponty, intenta hacer
primero un análisis de sus humores –positivos y negativos-, para luego exponer
ideas personales acerca de la responsabilidad que todo ser humano debe asumir
como ser sociable, su acendrada creencia en que la fe es el motor para estar
vivo, la necesidad de descubrir cuál es el rol que todo ser humano debe cumplir
en el orden de las cosas (sic) y un
sinnúmero de expresiones que dispara su concepción del mundo y de la vida. En
ese sentido, el libro es un testimonio vivo que obra como legado de su
pensamiento.
Hacia el final, cuando Havel ya ha
sido trasladado a Pilsen, el último cúmulo de cartas se ocupa de su visión
filosófica, su búsqueda continua del ser, con muchos elementos tomados de
Levinas –quien influyó vastamente en su postura-. Resulta bastante engorroso
tener que trasegar estas páginas que mucho deben a la ontología y que bien
pudieran haberse soslayado del texto, aunque ofrecen a cambio una serie de
análisis sobre la necesidad de hallarle sentido a la vida, no exenta de
contradicciones y evoluciones que el paso del tiempo ayudaron a mutar, a pergeñar,
a fin de dotar a su pensamiento de solidez y coherencia.
En suma, una obra testimonial de
quien pudo mantener una mirada positiva de la vida y del arte aún en
condiciones adversas. Si mientras se lee, en el fondo suena una buena versión
de Má Vlast (Mi Patria), de Bedřich
Smetana, mejor.
Susurros sostenidos entre Havel y Smetana



